Volver al cincel y liberar al ángel del marmol

 

Liberar al ángel del mármol tiene esa belleza peligrosa: suena a inspiración, pero en realidad habla de disciplina. De quitar. De renunciar. De aceptar que la forma no se agrega: se descubre. El estoico, en el fondo, trabaja como escultor: no fabrica virtud como quien compra un mueble nuevo; la despeja como quien retira polvo y vanidad de una estatua que ya estaba ahí.

La ciudad ayuda y estorba a la vez. Te ofrece ruido para justificarte (“no pude”, “no se podía”, “así es el mundo”), y al mismo tiempo te regala el laboratorio perfecto: filas, tráfico, reuniones, notificaciones, burocracias, egos con wifi. El mármol cotidiano.

La pregunta estoica no es “¿qué quiero ser?”, que suele venir cargada de fantasías y marketing personal. Es más incómoda y más útil: ¿qué debo quitar hoy para ser un poco menos esclavo?

Quitar un impulso de responder con rabia.

Quitar la necesidad de ganar la última palabra.

Quitar una explicación que en realidad es una coartada.

Quitar el hábito de mirar el teléfono como si allí viviera el sentido.

Y aquí viene el giro que a Marco Aurelio le habría parecido de lo más normal y a nosotros nos parece casi ofensivo: no necesitas sentirte listo para actuar bien. No hace falta el clima emocional perfecto. Se obra con virtud como se respira en altura: al principio cuesta, luego se vuelve condición de supervivencia.

Una imagen para hoy:

Vas caminando por una vereda estrecha. A un lado, vitrinas; al otro, autos. Un tipo se cruza, te empuja un poco, ni mira. El “yo” herido ya prepara su discurso. El ángel, en cambio, no discute: ajusta el paso, no entrega su mando interno, sigue. No por sumisión. Por soberanía.

 

Ejercicio mínimo (de bolsillo, sin túnica romana):

En el próximo roce del día (el pequeño choque: una demora, una impertinencia, una mala noticia), ensaya esta frase interna:

“Esto es solo materia. Mi juicio es la herramienta.”

Y luego: una acción limpia. Una sola. La que te acerque a tu carácter, no a tu orgullo.

 

El ángel no sale de golpe. Sale por capas. Y cada capa que cae hace menos ruido que la anterior. Esa es la señal de que estás trabajando bien: menos teatro, más forma.

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