Celebremos porque hay un dictador menos en el vecindario, pero vigilemos las puertas que se abren


 

El teléfono vibró como vibra una mala noticia… solo que esta vez no venía vestida de luto sino de algo más raro: alivio. En la pantalla, los mensajes se apilaban con esa ansiedad contemporánea que confunde historia con “breaking news”. Y allí estaba, con el descaro de lo inverosímil: Nicolás Maduro había sido capturado por fuerzas estadounidenses en una operación militar y trasladado a Estados Unidos para enfrentar cargos. 

Hay noticias que uno lee dos veces no por incredulidad, sino por pudor. Como si el mundo te estuviera diciendo: “sí, esto pasó”, y tú respondieras: “no me lo cuentes tan rápido; déjame sentirlo sin convertirlo en espectáculo”.

Porque, seamos honestos, el planeta es un lugar objetivamente mejor con un dictador, un tirano, menos. Eso no convierte a nadie en santo, ni vuelve decente al siglo XXI de golpe, ni resucita a los muertos, ni recompone familias rotas por el exilio. Pero mejora el aire. Disminuye la impunidad. Y, sobre todo, abre una puerta que llevaba demasiado tiempo clausurada con candados de propaganda y miedo.

Lo siguiente es lo importante: el pueblo venezolano tiene derecho a festejar. Con espuma, con lágrimas, con baile caribeño en la sala, con un grito que le salga por fin del pecho sin pedir permiso. No hay manual de etiqueta para sobrevivientes. No hay protocolo diplomático que valga más que el cuerpo de una sociedad que estuvo años respirando bajo el agua. Por eso me uno al festejo: ¡salud! queridos amigos venezolanos.

Y aquí viene mi regla antipática —la que conviene decir en voz baja para no volverse condescendiente—: no estamos para explicarles a los venezolanos lo que “deberían” sentir. No estamos para traducirles su propia tragedia en jerga internacional. Ni para pedirles prudencia como si la prudencia hubiera protegido a alguien del hambre, de la cárcel o de la bota. Ellos han pagado la factura completa; los demás, en el mejor de los casos, solo la leímos.

Hasta aquí, la emoción.

Ahora, el mundo adulto (ese que arruina todo) toca la puerta con un maletín: la operación fue una intervención militar extranjera en territorio venezolano, y eso abre una discusión seria sobre legalidad internacional, soberanía y precedentes. Reuters recogió críticas de expertos que cuestionan la justificación jurídica de usar fuerza militar para capturar a un jefe de Estado por cargos como narcotráfico, y subraya que el derecho internacional suele exigir criterios como legítima defensa o autorización del Consejo de Seguridad.  Chatham House también advirtió que esta captura y traslado forzoso plantea un desafío importante para el orden jurídico internacional. 

Esa tensión —celebración y vértigo— es el corazón incómodo de este momento.

Porque sí: Maduro estaba acusado en Estados Unidos desde hace años, y la administración estadounidense sostiene que la operación fue “aplicación de la ley” respaldada por esos procesos.  Pero también es cierto que, según reportes, Washington habló de “administrar” Venezuela durante una transición, una frase que en América Latina suena como un fantasma con uniforme antiguo. 

Y entonces la pregunta se vuelve doble, como un disco con dos caras:

Cara A: ¿Qué sentimos?

Lo humano: alivio. Una alegría legítima, incluso si está mezclada con rabia vieja. La alegría no borra el dolor; lo confirma.

Cara B: ¿Qué hacemos con el método?

Lo político: cuidado con el precedente. Porque el mundo que aplaude que “los fuertes se llevan a los malos” es el mismo mundo que mañana puede justificar que los fuertes se lleven a cualquiera —incluidos los buenos, incluidos los nuestros— con argumentos de plástico.

No hay que escoger una sola cara. La vida real no es una encuesta.

La otra pregunta, quizá más urgente, es la de después. En Caracas, según reportes, el chavismo intenta sostener continuidad de poder, mientras desde fuera se empujan escenarios de transición con una velocidad que puede ser promesa o caos.  Y lo que pase no dependerá solo de discursos solemnes, sino de cosas menos épicas: cadenas de mando, control territorial, institucionalidad superviviente, hambre acumulada, miedo residual, expectativas imposibles.

En ese “después” hay una palabra que conviene rescatar del pantano: justicia.

Porque Estados Unidos podrá juzgar a Maduro por cargos como narcotráfico (y otros delitos federales reportados por la prensa),  pero Venezuela —y las víctimas venezolanas— tienen derecho a algo más profundo: verdad, reparación, garantías de no repetición. Y eso nos lleva a un dato clave: la Corte Penal Internacional mantiene una investigación sobre presuntos crímenes en Venezuela (“Venezuela I”), aunque el propio régimen buscó debilitar ese camino, incluso impulsando su retiro del Estatuto de Roma en diciembre de 2025, según Reuters. 

O sea: no se trata solo de que “se lo llevaron”. Se trata de qué justicia llega, para quién, y con qué consecuencias.

Y aquí vuelvo a los venezolanos, porque el centro del asunto no puede ser Washington, ni La Haya, ni el mapa geopolítico que se prende fuego como una servilleta. El centro es una sociedad que merece decidir su destino sin que el futuro se cocine en una mesa de élites: la cúpula del chavismo por un lado, y el gobierno estadounidense por el otro, repartiéndose “transiciones” como si fueran concesiones.

Lo mínimo ético, desde afuera, son estas cuatro reglas:

  1. No usar a Venezuela como trofeo narrativo.

  2. No pedirle al pueblo moderación cuando recién recupera la voz.

  3. Exigir que el “después” no sea otra forma de tutela.

  4. Apoyar —sin protagonismos— una transición democrática real, con protección a periodistas, apertura cívica y garantías para que el miedo no vuelva con otra máscara.

El mundo es extraño: a veces la historia ocurre en dos horas y media, como si fuera una serie.  Pero las sociedades no se reconstruyen al ritmo de una operación militar. Se reconstruyen lentamente, como se aprende a respirar tras un largo encierro.

Un dictador, un tirano, menos es una buena noticia.

Pero la buena noticia no está completa hasta que el pueblo venezolano —sin tutelas, sin trampas, sin “salvadores”— pueda decir: ahora sí, esto lo decidimos nosotros.

Celebremos al dictador fuera de escena. Y vigilemos —como se vigilan las puertas cuando por fin se abren— que el futuro no entre con botas prestadas.


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