Vita brevis: el CD, la luz y el fantasma

 

Ayer vi el tiempo pasar físicamente.

No como idea, no como frase latina para quedar bien en una conversación de sobremesa. Lo vi en un CD viejo, de esos discos modestos que no prometen nada y de pronto te cambian la presión sanguínea. Lo puse y aparecimos nosotros: Ver y yo, muy jóvenes, viviendo en un departamento pequeño y luminoso, con una luz de domingo que entraba como si el mundo tuviera sentido y además quisiera demostrarlo.

Nos gustaba ese rato de sol en la tarde, después del almuerzo. Tomábamos vino, escuchábamos música. No era “un plan”: era una forma de estar. Una economía íntima de la felicidad, sin marketing y sin épica. Los chicos perseguían a sus hámsteres y reían como se ríe cuando la vida todavía no cobra intereses. Luego iban a ver una peli. Y yo, desde algún lugar del sofá, miraba y pensaba que esto —esto exacto— era la vida. Sin efectos especiales.

Lucía y Gabriel corrían por la casa tras los hamsters. Gabo hablaba media lengua y la completaba con los ojos. Lucía con cerquillo y esa mirada viva, picante, curiosa, como si el mundo fuera un mecanismo desmontable que estaba decidida a entender. Verlos así, en movimiento, es una alegría y una punzada al mismo tiempo. Un recordatorio brutal de lo obvio: vita brevis. La vida es breve. No porque alguien lo haya escrito, sino porque lo prueba la imagen: un niño que ya no cabe en ese niño.

Los videos caseros tienen esa crueldad exacta: no te muestran “momentos”, te muestran la textura. La luz. Los gestos. El tamaño real de la alegría. Te enseñan que lo importante casi siempre fue pequeño y no se dio cuenta.

Y entonces, como si el cerebro necesitara equilibrar la balanza, apareció el otro archivo recurrente: la casa de mis padres. Ese lugar que me sueña a mí desde hace años. La casa que vuelve como un fantasma eterno, con su pasillo, sus puertas, su aire particular: no como recuerdo, sino como escenario. Hay casas que se quedan pegadas al sistema nervioso. No son arquitectura: son plantilla. Allí aprendimos lealtades, miedos, modos de obedecer, maneras de pedir permiso incluso cuando ya no hay a quién pedírselo.

He pensado mucho en eso: en cómo una casa puede volverse un tribunal portátil. Una voz que te juzga incluso cuando el presente está quieto. Y en cómo, a veces, “liberarse” no significa destruir el recuerdo, sino quitarle autoridad. No pelear con el fantasma —los fantasmas se alimentan de la pelea— sino devolverlo a su tamaño: que sea memoria, no mando. Fotografía, no llave.

Los estoicos dirían que el cincel no sirve para agregar, sino para quitar. Que el carácter no se fabrica: se despeja. Y que el tiempo, precisamente por breve, exige una administración sobria. No una vida de checklists ni de autoayuda gritona, sino una vida con atención: saber dónde se va la energía. En qué se gasta el día. A qué le damos el control de la mano.

Porque el CD no solo me dio nostalgia. Me dio una prueba.

Prueba de que fuimos capaces de habitar. De que supimos hacer un hogar en pocos metros cuadrados y mucha luz. De que había música. De que había risa. De que hubo presencia.

Y eso, en el fondo, es una noticia esperanzadora: si una vez supiste estar, puedes volver a estar. Distinto, más consciente, con menos prisa por demostrar. Con menos necesidad de ganarle al mundo una discusión imaginaria.

Vita brevis, sí. Pero que la brevedad no nos convierta en gente ansiosa: que nos convierta en gente precisa. Que el fantasma no administre el tiempo vivo. Que el pasado exista, pero no gobierne. Y que el domingo —cualquier domingo, incluso un martes disfrazado de domingo— vuelva a ser lo que era: un pequeño acto de soberanía interior.

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