El derecho a pensar por nosotros mismos
Confieso que tengo una relación contradictoria con la inteligencia artificial: la utilizo mucho. Me maravilla algunas veces y me irrita otras. Me permite encontrar conexiones que no había visto, ordenar materiales, explorar caminos y discutir ideas. En ocasiones funciona como ese interlocutor disponible a horas indecentes al que uno puede preguntarle por Tocqueville, Miles Davis o una receta de cocina sin temor a que termine bloqueándolo en WhatsApp. Pero hay algo que empieza a inquietarme: No es que las máquinas puedan pensar cada vez mejor, es que nosotros podamos empezar a pensar cada vez menos. La escritora británica Katherine Rundell acaba de publicar en The Guardian un ensayo provocador sobre inteligencia artificial, educación y democracia. Su título no deja demasiado espacio para las sutilezas: I hate what AI is doing to the minds and happiness of the young . Rundell escribe literatura infantil y enseña en Oxford. Observa, por tanto, algo que quienes discutimos sobre al...




