Gracia y extrañeza
David Gilmour, entre la gracia de seguir cantando y la extrañeza de todo lo vivido. En “Sings”, David Gilmour tararea. Una voz infantil aparece al fondo, leve como un recuerdo que aún no ha aprendido a nombrarse. La guitarra está apenas rasgada; los teclados flotan sin ocupar el aire. Durante unos minutos, el hombre que ayudó a construir algunos de los paisajes sonoros más vastos y solemnes del rock parece contentarse con muy poco: una melodía, una respiración, unas cuantas notas que llegan despacio. Y, sin embargo, allí está todo. Luck and Strange , el último disco de Gilmour, podría traducirse literalmente como “Suerte y extrañeza”. Pero al escuchar “Sings” pensé en otra pareja de palabras: gracia y extrañeza . La gracia de seguir vivo, de conservar el don, de tener una hija que canta en el disco y una familia que acompaña el trabajo. La extrañeza de mirar hacia atrás y reconocer que una vida entera —sus pérdidas, sus afectos, sus amistades rotas, sus canciones inmortales— cabe ...


