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Willie y yo: Fantasmas y otras habitaciones

  Cuando supe sobre la transición de Willie no pasó nada espectacular. No se cayó una lámpara, no hubo trueno, no se detuvo el tránsito. El mundo siguió igual —esa indiferencia eficiente que reserva para las pérdidas ajenas— y quizá por eso dolió más: porque la muerte, cuando es real, casi nunca trae efectos especiales. Lo único que cambió fue un detalle mínimo: me vi buscando música como quien busca una llave en el bolsillo, con la certeza de que si no la toca ahora, después se le extravía la memoria. Porque Willie, en mi vida, no es “un artista que me gusta”. Es una presencia larga. De esas que no se anuncian. No necesito pensar en él todos los días para que esté allí; basta con que suenen dos trombones colocados con intención y vuelve ese hilo de continuidad que me conecta con mis propias edades, sin sentimentalismo ni explicaciones. Abrí mi lista. Y la lista —esa cosa aparentemente prosaica, casi administrativa— resultó ser un retrato. No un retrato del músico, sino un re...

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