El poder ya no necesita decirte que te está vigilando
Todos conocemos la forma antigua del poder: el policía que toca la puerta de madrugada, el periódico clausurado, el periodista detenido, el libro retirado de las librerías, la llamada del ministro, el expediente judicial que alguien deja sobre el escritorio, sin decir nada, para que se entienda todo. El mensaje no admitía dudas: sabemos quién eres, sabemos lo que haces y podemos castigarte. Hay otra forma, más refinada, que ya no se molesta en tocar la puerta. Le basta con que uno empiece a preguntarse si alguien está mirando. Hace unos días, en un ensayo que Mark Lilla publicó en The New York Review of Books, en vísperas de que Harvard reúna en un libro los textos de Judith Shklar sobre el tema, me tropecé con una idea que no he podido sacudirme. Shklar la llamó “el liberalismo del miedo”, y lo admirable es su modestia. No promete la sociedad perfecta ni la vida buena. Se conforma con algo más elemental y, por eso mismo, más urgente: impedir la crueldad y evitar que la gente viva som...



