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Caribe en el estadio: la serenidad radical de Bad Bunny

Our Latin Thing (1972), la película de Fania, abre con una escena que parece pequeña —y por eso mismo es gigantesca—: unos niños en la terraza de un edificio, arriba de una ciudad que ya entonces crujía. Se oye, como si viniera desde una grieta en el concreto, la percusión: congas, bongós, campanas; un llamado que no pide permiso. Y de pronto los niños echan a correr. La cámara persigue a uno de ellos por un laberinto de calles y callejones: basura, paredes cansadas, escaleras que parecen inventadas por el apuro y la pobreza. Nueva York, la clamorosa, también era así: una ruina con ritmo. Ese inicio, que antecede al concierto fundacional en el Cheetah, no “presenta” la salsa: la declara. La música no aparece como entretenimiento, sino como sistema nervioso de un barrio, como brújula moral de una comunidad que no tiene tiempo para la solemnidad porque está ocupada en sobrevivir. Y lo más importante: esa música no necesita subtítulos. El tambor nunca los ha necesitado. Anoche, en el med...

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