David Gilmour (1978): el sonido de un hombre saliendo del eco
La aguja cae y, antes de que la música empiece realmente, ya está ocurriendo algo. No sé si es el ruido leve del vinilo. El pequeño resplandor verde de las válvulas. O esa forma tan particular que tienen ciertos discos de abrir una habitación interior antes incluso de tocar la primera nota. Afuera puede seguir existiendo el mundo: gobiernos histéricos, teléfonos vibrando, cronologías incendiadas por algoritmos. Pero aquí dentro, por unos minutos, solo queda un hombre con una guitarra intentando decir algo que todavía no sabe cómo formular del todo. Eso siento cada vez que vuelvo al primer disco solista de David Gilmour . Un álbum extraño. Elegante. Subestimado. Incluso un poco huérfano. No pertenece del todo a la mitología gigantesca de Pink Floyd , pero tampoco encaja cómodamente en el canon clásico del rock de finales de los setenta. Quedó suspendido en una zona intermedia: demasiado íntimo para ser monumental, demasiado refinado para convertirse en un fenómeno masivo...




