Aprender a estar de mi lado (IV): el supremo valor del silencio
Hay un momento del día —a veces ocurre en el ascensor, otras en la cocina, otras en un taxi atascado— en que, por un par de segundos, todo se queda quieto. El celular descansa boca abajo; la radio está apagada; nadie exige nada. No dura mucho: enseguida vuelve el coro de notificaciones, pendientes, reclamitos del mundo. Pero ese mínimo intervalo de quietud tiene algo de anomalía cósmica. Da un poco de miedo. Porque cuando se hace silencio afuera, lo que se oye es lo de adentro. Y ahí descubres si has aprendido realmente a tratarte con amor… o si solo te estabas entreteniendo con discursos bonitos mientras seguías temiéndote a ti mismo. El silencio, en ese sentido, es el examen final del primer amor. Hemos hablado de ternura con uno mismo, de amabilidad cotidiana, de soltar culpas y mandatos. Todo eso está muy bien, pero se pone a prueba en un escenario muy concreto: ¿puedes quedarte a solas contigo durante diez minutos sin necesidad de activar ningún ruido de emergencia? No hablo de me...






