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La guerra que ya entró a la sala

No suenan sirenas. No hay refugios antiaéreos. Nadie corre con una maleta en la mano por una estación de tren. Y sin embargo, la guerra está aquí. No hablo, al menos no todavía, de la tercera guerra mundial en su versión cinematográfica: misiles, mapas térmicos, generales de mandíbula tensa y presentadores que pronuncian la palabra “escalada” con una gravedad casi sacerdotal. Hablo de otra cosa. De una guerra menos visible y acaso más eficaz: la que se libra dentro de nuestras cabezas mientras creemos estar simplemente opinando, debatiendo, enseñando, compartiendo enlaces o exhibiendo lucidez moral. Es una guerra por el lenguaje. Por los reflejos. Por el marco desde el que interpretamos el mundo. Las autocracias contemporáneas entendieron antes que muchas democracias fatigadas una verdad incómoda: no siempre hace falta conquistar territorios cuando se puede colonizar percepciones. Rusia lo ha hecho con método; China, con paciencia imperial y músculo tecnológico; Irán, con una mezcla de...

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