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El estofado de sambo y el Quito que cabía en una ventana

Hubo un tiempo en que Quito cabía dentro de una ventana.  La mía daba a la esquina de la avenida Colón y la Diez de Agosto, cuando la ciudad todavía despertaba con cierta timidez hacia la modernidad. Vivíamos en el segundo piso de una vieja casona de patio interior, de esas donde la luz entraba primero al corredor y sólo después encontraba las habitaciones. Desde allí podía pasar horas mirando la calle. Abajo desfilaba una ciudad que parecía debatirse entre dos siglos. Cada diez minutos aparecían los nuevos Ford F-350 de la cooperativa Colón-Camal, enormes a los ojos de un niño, rugiendo con una solemnidad mecánica que anunciaba que Quito comenzaba a dejar atrás su escala provinciana. Los peatones caminaban deprisa, los automóviles aumentaban cada año y las avenidas empezaban a sentirse, por fin, como avenidas. Frente a nuestra casa se levantaba La Circasiana. No era todavía un centro cultural ni un monumento patrimonial. Seguía siendo el gran palacete de los Jijón-Caamaño, uno d...

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