Aprender a estar de mi lado (IV): el supremo valor del silencio
Hay un momento del día —a veces ocurre en el ascensor, otras en la cocina, otras en un taxi atascado— en que, por un par de segundos, todo se queda quieto. El celular descansa boca abajo; la radio está apagada; nadie exige nada. No dura mucho: enseguida vuelve el coro de notificaciones, pendientes, reclamitos del mundo. Pero ese mínimo intervalo de quietud tiene algo de anomalía cósmica.
Da un poco de miedo.
Porque cuando se hace silencio afuera, lo que se oye es lo de adentro. Y ahí descubres si has aprendido realmente a tratarte con amor… o si solo te estabas entreteniendo con discursos bonitos mientras seguías temiéndote a ti mismo.
El silencio, en ese sentido, es el examen final del primer amor.
Hemos hablado de ternura con uno mismo, de amabilidad cotidiana, de soltar culpas y mandatos. Todo eso está muy bien, pero se pone a prueba en un escenario muy concreto: ¿puedes quedarte a solas contigo durante diez minutos sin necesidad de activar ningún ruido de emergencia?
No hablo de meditar como monje profesional ni de levitar en posición de loto. Hablo de algo todavía más radical: sentarte en una silla, apagar pantallas, respirar… y no huir.
El ruido como coartada
Llevamos años glorificando el ruido. Lo llamamos “estar informado”, “estar conectado”, “no perderse nada”. Vamos por la vida con auriculares puestos, playlists de fondo, podcasts, videos, debates interminables. Cada silencio se rellena rápidamente: con música, con voces ajenas, con la propia voz opinando sobre todo.
Nada de eso es malo por sí mismo. El problema empieza cuando el ruido se convierte en coartada: mientras el mundo produce sonidos, yo no tengo que escuchar lo que realmente me está pidiendo la vida que atienda.
El estoicismo, que nunca conoció Twitter pero sí el mercado bullicioso, ya sospechaba de esa estrategia. Marco Aurelio se repetía que debía “retirarse dentro de sí” incluso en medio del campamento militar. No como evasión, sino como regreso a un lugar interior donde pudiera escuchar algo que no fueran los gritos del día.
Ese “retirarse dentro” hoy podría traducirse de manera prosaica como:
Apaga un momento el teléfono, César.
O quien sea que lea esto.
El silencio como prueba de reconciliación
El silencio no siempre es agradable al principio. Cuando uno se sienta a escucharse sin ruido de fondo, lo que aparece suele ser poco instagrameable: cansancio viejo, frases que alguien te dijo hace años y aún duelen, decisiones que vienes esquivando, deseos que no encajan con la biografía oficial que cuentas de ti mismo.
Si el primer amor tiene que ver con dejar de maltratarse, el silencio es el laboratorio donde se nota si ya cambiamos de tono. Porque en esa quietud reaparecen todas las voces: la del juez interior, la del niño asustado, la del adolescente furioso, la del adulto resignado. Pero ahora, si has practicado un poco, hay otra voz: la del anfitrión.
La voz que dice:
“Sí, ya sé que estás dolido. Siéntate. Vamos a hablar, pero sin gritos.”
Cuando llegas a ese punto, el silencio deja de ser una sala de interrogatorio y se convierte en una sala de escucha. Ahí empieza realmente el amor propio: no en las frases heroicas, sino en esa capacidad de no salir corriendo de tu propio interior.
Silencio no es mutismo
Conviene aclararlo: cuando hablamos del valor del silencio no estamos celebrando la complicidad cobarde ni el “mejor me callo para no tener problemas”. Ese silencio impuesto por el miedo es lo contrario de lo que buscamos.
El silencio del que hablamos aquí no es sometimiento, es raíz. Es el espacio donde uno decide qué palabras merecen salir y cuáles es mejor que se queden en borrador. El mutismo trae lo que debería decirse. El silencio lúcido selecciona, poda, deja pasar solo lo que lleva algo de verdad.
Los estoicos defendían la eulogía: el buen uso de la palabra. Y para usar bien la palabra hay que saber retirarla a tiempo. No opinar de todo, no reaccionar a todo, no entrar en todas las peleas que el algoritmo pone sobre la mesa.
Amarse también es protegerse de la propia compulsión a hablar de más. Guardar silencio, a veces, es un acto de cuidado hacia uno mismo y hacia los otros: te evitas añadir veneno a conversaciones que ya van lo suficientemente cargadas.
El silencio como higiene mental
Piénsalo en términos menos metafísicos y más higiénicos: así como el cuerpo necesita dormir para reparar, la mente necesita momentos de silencio para no saturarse de información basura.
Ese silencio no tiene por qué ser solemne. Puede ser un rato lavando los platos sin música, un paseo sin auriculares, una ducha sin podcast, una fila en el banco sin revisar redes sociales. No parece gran cosa, pero son pequeños espacios donde el sistema nervioso puede bajar la guardia.
En esos momentos, la mente hace su trabajo silencioso: ordena, archiva, deja caer lo innecesario. De repente, aparecen ideas que no habían tenido espacio antes. Y también aparecen certezas incómodas: esa relación que ya no funciona, ese trabajo que solo sostienes por miedo, ese hábito que te está drenando.
El silencio, bien usado, es una especie de auditoría interna sin powerpoint. Y el amor propio implica escuchar sus propios resultados.
Silencio, culpa y mandatos
En la tercera parte hablábamos de soltar culpas y de mandatos. Aquí se cruzan los caminos: muchas de esas culpas sobreviven precisamente porque nunca dejamos que se sienten a hablar con nosotros en silencio.
Mientras corremos de una actividad a otra, la culpa puede seguir operando en modo sombra: dictando decisiones, saboteando placeres, arruinando momentos. Solo cuando paramos, cuando nos quedamos a solas, se vuelve audible. Y entonces, sí, podemos mirarla de frente y preguntarle con cierta firmeza:
“¿Todavía tienes algo útil que decir o solo estás repitiendo el mismo discurso de siempre?”
El silencio no solo revela las cadenas, sino que también ofrece la primera oportunidad real de aflojarlas.
El último gesto de amor
Quizás el gesto más radical del primer amor sea bastante simple: reservar cada día un pequeño territorio de silencio y considerarlo innegociable. No como moda del mindfulness, sino como acto de dignidad.
Un lugar, una hora, cinco minutos, lo que sea, donde nadie entre sin permiso: ni los demás, ni los algoritmos, ni tu propio hábito de huir de ti mismo.
Puede que al principio te incomode. Te aburras. Te pesques, queriendo desbloquear el teléfono, “solo un segundo”. No pasa nada: el silencio también se entrena. Igual que aprendimos a maltratarnos a través de años de práctica, también podemos aprender ahora a escucharnos con menos crueldad, a través de años de práctica.
Los estoicos no usaban la palabra “autoestima”. Hablaban de hegemonikón: la parte rectora del alma, esa que puede observar lo que siente sin dejarse arrastrar del todo. El silencio, en esa clave, es el espacio donde esa parte rectora puede hablar sin interferencias.
Amarse a uno mismo, después de toda la teoría y todas las capturas de pantalla motivacionales, quizá se reduzca a algo así: ser capaz de quedarse a solas con el propio corazón sin necesidad de anestesia. Escucharlo, aunque a veces diga cosas que no queríamos oír. Acompañarlo, incluso cuando está roto.
El primer amor empieza cuando, al apagar todas las pantallas, no te abandonas a ti mismo. Y en el fondo de ese silencio, si uno tiene paciencia, se oye algo muy parecido a una promesa:
“No sé cómo va a salir todo esto, pero no voy a dejar de estar aquí contigo.”
Hay amores más ruidosos, más espectaculares. Pero ninguno es tan necesario.


Comentarios
Publicar un comentario