Caribe en el estadio: la serenidad radical de Bad Bunny
Our Latin Thing (1972), la película de Fania, abre con una escena que parece pequeña —y por eso mismo es gigantesca—: unos niños en la terraza de un edificio, arriba de una ciudad que ya entonces crujía. Se oye, como si viniera desde una grieta en el concreto, la percusión: congas, bongós, campanas; un llamado que no pide permiso. Y de pronto los niños echan a correr. La cámara persigue a uno de ellos por un laberinto de calles y callejones: basura, paredes cansadas, escaleras que parecen inventadas por el apuro y la pobreza. Nueva York, la clamorosa, también era así: una ruina con ritmo.
Ese inicio, que antecede al concierto fundacional en el Cheetah, no “presenta” la salsa: la declara. La música no aparece como entretenimiento, sino como sistema nervioso de un barrio, como brújula moral de una comunidad que no tiene tiempo para la solemnidad porque está ocupada en sobrevivir. Y lo más importante: esa música no necesita subtítulos. El tambor nunca los ha necesitado.
Anoche, en el medio tiempo del Super Bowl LX, Benito Martínez Ocasio —Bad Bunny— hizo algo que me devolvió a esa terraza. No porque copiara la estética setentera (aunque hubo guiños), ni porque montara un “museo” de lo latino, sino porque entendió el punto de partida: lo nuestro no es una etiqueta de mercado, es un pulso. Y ese pulso, cuando es real, camina solo.
Bad Bunny fue el artista principal del Apple Music Halftime Show, el 8 de febrero de 2026, en el Levi’s Stadium de Santa Clara. Y lo que hizo allí —en el altar mayor de la cultura pop estadounidense— fue una conversación larga, compleja y sorprendentemente tranquila.
Tranquila, sí. Esa es la palabra que más incomoda a los especialistas en gritos.
Porque hoy parece obligatorio entrar a la escena pública como se entra a una pelea de bar: alzando la voz antes de tener razón, descalificando antes de explicar, radicalizándose para que el algoritmo te crea vivo. La política se ha vuelto un concurso de aspavientos, y la cultura, una sucursal de la indignación exprés.
Benito hizo lo contrario: habló sin levantar la voz.
Su show —según lo describieron varios medios— fue una celebración cargada de símbolos puertorriqueños y caribeños (escenografía, comunidad, referencias de identidad), con un mensaje de unidad “de las Américas” que no cayó en el sermón, y con invitados que funcionaron más como coro que como distractor. La serenidad no estuvo en la ausencia de ideas, sino en la manera de sostenerlas: como quien sabe lo que es, de dónde viene y para qué está aquí.
Y ahí está lo extraordinario.
Bad Bunny dialoga con Puerto Rico —esa isla que Estados Unidos administra a ratos como territorio, a ratos como metáfora, a ratos como silencio— sin necesidad de convertir el escenario en mitin. Dialoga con el Caribe como un hecho, no como una pose. Porque Estados Unidos también tiene Caribe: no solo geográfico, sino cultural y rítmico; un Caribe que se le cuela por la cocina, por el baile, por el barrio, por el Spanglish, por el “sabor” que tanto consume y tan poco reconoce.
Y dialoga con el “mundo latino” sin pedir disculpas por existir.
Hay un punto fino —casi filosófico— en todo esto: la diferencia entre reclamar identidad y habitarla. El primer gesto suele venir con el puño apretado; el segundo, con la espalda recta. Benito apostó por la espalda recta. Por eso se sintió tan contundente: porque no actuó como quien llega a explicar su presencia, sino como quien llega a ejercerla.
En Our Latin Thing, la cámara sigue al niño por calles deterioradas, pero el sonido no se deteriora: el sonido organiza. En el Super Bowl, Benito hizo esa misma operación a otra escala y con otro lenguaje: en lugar de rogar espacio, lo diseñó. En lugar de suplicar comprensión, ofreció belleza. Y esa belleza —cuando es auténtica— termina siendo una forma superior de argumento.
Claro, alguien dirá: “Pero es pop, es espectáculo, es marketing”.
Sí. Y la salsa también fue marketing. Fania lo fue, sin rubor. Our Latin Thing mismo tuvo una dimensión de vitrina: mostrar una escena, vender un movimiento, proyectar una marca cultural. El asunto nunca ha sido la pureza. El asunto es si el marketing se alimenta de algo vivo o de un maniquí.
Lo de Benito anoche se alimentó de algo vivo.
Y quizá por eso molestó y conmovió a la vez: porque demostró que se puede hablar de identidad —y de tensiones reales como migración, pertenencia, poder— sin convertirlo todo en una guerra civil emocional. Se puede estar del lado de una historia sin escupir a la otra. Se puede decir “aquí estoy” sin decir “y tú cállate”. Se puede ser firme sin ser histérico. Puede ser político sin ser panfletario.
En tiempos de polarización obligatoria, eso es casi un escándalo.
Me quedo con una imagen mental: la terraza de 1972 y el estadio de 2026 conectados por una misma cuerda invisible. En un caso, el niño corre porque escucha el tambor y se le activa el mundo. En el otro, millones miran una pantalla y, por trece minutos, recuerdan —aunque sea sin saberlo— que el Caribe no es un “aporte” a la cultura estadounidense: es parte de su columna vertebral.
Benito no gritó. No tenía por qué.
El tambor, cuando es verdadero, nunca grita. Solo sigue. Y te obliga a seguirlo.


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