Willie y yo: Fantasmas y otras habitaciones
Cuando supe sobre la transición de Willie no pasó nada espectacular. No se cayó una lámpara, no hubo trueno, no se detuvo el tránsito. El mundo siguió igual —esa indiferencia eficiente que reserva para las pérdidas ajenas— y quizá por eso dolió más: porque la muerte, cuando es real, casi nunca trae efectos especiales.
Lo único que cambió fue un detalle mínimo: me vi buscando música como quien busca una llave en el bolsillo, con la certeza de que si no la toca ahora, después se le extravía la memoria.
Porque Willie, en mi vida, no es “un artista que me gusta”. Es una presencia larga. De esas que no se anuncian. No necesito pensar en él todos los días para que esté allí; basta con que suenen dos trombones colocados con intención y vuelve ese hilo de continuidad que me conecta con mis propias edades, sin sentimentalismo ni explicaciones.
Abrí mi lista. Y la lista —esa cosa aparentemente prosaica, casi administrativa— resultó ser un retrato. No un retrato del músico, sino un retrato de mí mismo pasando por distintas habitaciones.
En las primeras canciones hay adolescencia. No la adolescencia de postal, sino la real: la que quiere pertenecer y, al mismo tiempo, esconderse. “Che Che Colé” tiene algo de aprendizaje corporal, como si el ritmo enseñara a caminar sin mirar al suelo. Con Willie y Lavoe —esa mezcla de bravura y guasa— uno no se vuelve valiente: se vuelve menos tímido. “No Me Llores Más” y “Ausencia” ya traen otra clase de lección: ahí aparece, por primera vez, la idea de que el baile no garantiza alegría. Se puede mover el cuerpo con un nudo adentro y eso no te vuelve impostor; te vuelve humano. “Te Conozco”, con Lavoe en modo bisturí, es el tipo de tema que se escucha cuando uno empieza a sospechar que el deseo también tiene mala educación y que la dignidad, a veces, llega tarde.
“Juana Peña”, “La Murga”, “Esta Navidad”: títulos que desde lejos podrían parecer puro jolgorio, pero por dentro se parecen más a un país portátil, a un barrio plegable. Una manera de estar con otros incluso cuando estás solo. Lo que me sigue impresionando, tantos años después, es que esa música nunca me trató como a un niño. Nunca me vendió optimismo. Lo suyo era más serio: una alegría con espalda, una alegría que no necesita desmentir la tristeza para funcionar.
Luego el mapa se desplaza. “Calle Luna, Calle Sol” aparece como aparecen las esquinas verdaderas: con advertencia y con ritmo. Esa canción cuenta una ciudad sin pedir permiso a la sociología. “Todo Tiene Su Final” es una lección distinta, menos inmediata, más íntima: uno la oye joven y cree que entiende; la oye después y entiende de verdad. “Timbalero” y “Aguanilé” devuelven al cuerpo esa parte ritual que la vida adulta intenta domesticar con horarios y correos.
Y de pronto, en el centro de tu lista, aparecen los temas que ya no son solo canciones: son escenas largas. “Vigilante” —doce minutos, nada menos— es una decisión estética y una decisión vital: quedarse. No saltar al siguiente estímulo. No pedirle al arte que entretenga. “Juanito Alimaña” no necesita presentación: sigue caminando por nuestras ciudades como si tuviera inmunidad diplomática. “Pasé la noche fumando” pertenece a otra clase de noche: una noche sin heroísmo, pero reconocible. “Triste y vacía” no es un título: es una habitación. Y a veces lo único decente que hace la música es acompañarte en esa habitación sin encender luces falsas.
Ahí es donde para mí Fantasmas se vuelve clave. No como etiqueta de “disco icónico” para presumir criterio, sino como un punto de inflexión íntimo: el momento en que Willie deja de ser únicamente energía de calle y se vuelve una elegancia rara, sobria, adulta. En Fantasmas hay colores que no suelen entrar en la salsa de manual: Brasil, bolero, melancolía sin melodrama. “Oh, ¿Qué Será?” abre una ventana que no se parece a la esquina; se parece más a un balcón de madrugada. “Sueño de Papelote” tiene el don de la fragilidad sin fragilismo. “Mi Sueño”, “Celo”, “Amor verdadero”: títulos que, en otras manos, serían azúcar; en Willie se vuelven carácter. Es un disco que no exige atención con aspavientos: te acompaña con una inteligencia que, a cierta edad, vale más que la euforia.
En este personal no cronología, después está la zona Blades, donde el cuerpo baila y la cabeza no se ausenta. “Pablo Pueblo”, “Tiburón”, “Te están buscando”: ahí la salsa deja de ser puro goce y se vuelve conversación pública, discusión de época. Y luego Siembra: “Plástico”, “Pedro Navaja”, “Buscando Guayaba”, “María Lionza”… temas que no sobrevivieron por nostalgia sino por dramaturgia: siguen sonando porque suenan a gente. Siembra es el gran edificio, sí, pero incluso dentro de ese edificio yo no escucho “historia de la música”; escucho momentos de mi vida en los que necesitaba que alguien me hablara sin infantilizarme.
Mi personal list también deja ver al Willie que trabaja la melodía y el arreglo con paciencia; el Willie que entiende que ternura y músculo no se contradicen. “El Gran Varón” aparece como una pieza que incomoda y abraza a la vez; no es una canción para opinar, es una canción para entender cómo cambió el mundo —y cómo nos cambió— sin pedirnos permiso. “Primera Noche de Amor”, “Nunca Se Acaba”, “Marta”, “Asia”: ese Willie que algunos miran por encima por simple snobismo, como si solo importara el de la gabardina y el filo. A mí me interesa ese Willie porque revela algo que me importa en los artistas: la capacidad de moverse, de cambiar de piel, de no quedarse repitiendo el truco que funciona.
Y luego están Celia e Ismael Miranda, y ahí ya no estamos en la biografía de un músico sino en la idea de una conversación infinita: “Usted Abusó”, “Zambúllete”, “Burundanga”, “Dos Jueyes”, “Cucurucucú Paloma”… canciones que pueden vivirse como puro disfrute, sí, pero que también prueban otra cosa: Willie sabía construir espacio para que otros brillen. No todo gran músico tolera compartir el centro.
Por eso, cuando pienso en Willie muerto, no pienso primero en el “legado”. Pienso en algo menos grandilocuente y más cierto: me acompañó. Me acompañó cuando yo era un chico y necesitaba una voz que me diera forma. Me acompañó cuando empecé a perder cosas y no quería convertirme en un amargado profesional. Me acompañó cuando entendí que la adultez no es una cima sino una administración de fatigas. Y me acompañó incluso cuando ya no estaba para himnos, sino para música que supiera respirar con uno.
Hacerle tributo, para mí, no es levantar un bronce verbal. Es una acción mínima, casi doméstica: poner una canción exacta en un momento exacto. Dejar que “Calle Luna, Calle Sol” recuerde que la ciudad sigue siendo real. Dejar que “Todo Tiene Su Final” haga su trabajo sin dramatizar. Dejar que “Vigilante” obligue a quedarse un rato más con uno mismo. Dejar que Fantasmas diga —sin frases fáciles— que también hay belleza en lo sobrio.
Y aceptar esto, que parece simple pero no lo es: cuando muere un artista que te acompañó toda la vida, no se muere solo alguien. Se altera una parte de tu propio tiempo. Como si el reloj interno perdiera un engranaje que siempre estuvo ahí, trabajando en silencio.
Ahora haremos la playlist, sí y la escucharemos. Pero en este momento, cuando escribo esto, me basta con saber que mientras exista esa lista —mientras esas canciones sigan disponibles para volver a ellas— Willie seguirá pasando por encima de mis edades. No como fantasma romántico, sino como lo que fue siempre en mi vida: una presencia obstinada, musicalmente viva, incapaz de volverse pasado del todo.



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