Ciudad en clave solar. Spinetta escucha lo que Xul pinta


Buenos Aires tiene días en que parece una ciudad diseñada por un músico distraído y coloreada por un pintor místico. Semáforos que cambian de luz como si improvisaran un solo, edificios que no terminan de creerse rectos, balcones que cuelgan sobre avenidas con vocación de río.

En uno de esos días, saliendo del museo, todavía con los ojos llenos de Xul Solar, me encuentro tarareando una melodía de Spinetta. No es casualidad: hay algo en esos cuadros—ciudades escalonadas, escaleras hacia ninguna parte, idiomas inventados– que se parece demasiado a la forma en que el Flaco organizó su música. Como si ambos hubieran trabajado, en épocas distintas, sobre el mismo plano oculto de Buenos Aires.

Xul dibuja una ciudad que parece vista desde arriba y desde adentro al mismo tiempo. Spinetta compone canciones donde la armonía funciona como laberinto vertical. Uno llena papeles de acuarelas y panlenguas; el otro llena discos de acordes imposibles y palabras que parecen venir de un dialecto futuro. Los dos sospechan que la realidad, tal como nos la entregan los diarios y los boletos de colectivo, es una versión muy pobre de lo que la ciudad podría ser.

Dos cartógrafos del mismo territorio invisible

A Xul Solar lo solemos encerrar en el museo: vidente excéntrico, amigo de Borges, inventor de tarot, de lenguas, de ciudades suspendidas. A Spinetta lo encajonamos en el estante del rock nacional: poeta, guitarrista, santo laico de varias generaciones.

Pero puestos uno al lado del otro, algo se alinea.

Xul trabaja como un urbanista metafísico: dibuja ciudades que no obedecen a la gravedad ni a los códigos de planeamiento. Edificios que crecen hacia adentro, escaleras que ascienden y descienden sin destino, puentes que conectan terrazas y astros. Sus acuarelas parecen planos de una Buenos Aires soñada por alguien que hubiera leído demasiado misticismo y demasiadas guías de tranvías.

Spinetta hace lo mismo con el sonido. Sus canciones rara vez se quedan en una estructura sencilla. Los acordes se apilan como pisos de un edificio improbable, las melodías doblan esquinas inesperadas, las palabras se doblan sobre sí mismas como si buscaran una gramática secreta. Escuchar Durazno sangrando, Cantata de puentes amarillos o ciertas piezas de Spinetta Jade es, literalmente, recorrer un barrio que no sale en Google Maps.

Xul inventa idiomas; Spinetta inventa una sintaxis emocional.

En uno aparecen palabras que no existen.

En el otro, frases que no se parecen a ninguna otra canción en castellano.

En ambos casos, la operación es la misma: ampliar el mapa de lo decible.


Buenos Aires, vista desde la terraza de Xul y el balcón del Flaco

Hay una Buenos Aires oficial: la de las postales prolijas del obelisco, del café notable, del bandoneón con filtro sepia. Y hay otra ciudad, menos turística, que se despliega en las capas interiores de quienes viven ahí: la ciudad mental, la que uno recorre mientras espera el colectivo o mira por la ventana de un departamento alquilado.

Xul pinta esa Buenos Aires mental. Spinetta la canta.

En muchos cuadros de Xul hay escaleras que suben hacia otras escaleras, balcones que se conectan por pasillos aéreos, torres que se sostienen en columnas absurdamente frágiles. Es fácil imaginar, en uno de esos balcones dibujados, a un tipo flaco con guitarra, mirando el cielo recortado por cables y murallas. La ciudad real se insinúa en los detalles: una cúpula reconocible, una vereda de barrio, un color de cielo que remite más al Río de la Plata que a Venecia. Pero siempre hay algo desplazado, descentrado, ligeramente fuera de órbita.

Spinetta, en cambio, no dibuja edificios. Dibuja estados de conciencia que podrían habitar esos edificios. Las personas de sus canciones nunca están del todo en el lugar donde dicen estar. Hay una chica que se va “sin decir adiós”, hojas que son del viento, un hombre que se reconoce animal mitológico en plena ciudad, cuerpos que atraviesan “umbrales” en plena esquina común.

Xul le agrega terrazas al cielo; Spinetta le agrega cielo a las habitaciones. Entre los dos, Buenos Aires deja de ser una cuadrícula de calles y se vuelve una ciudad vertical, hecha de pisos superpuestos: planta baja cotidiana, entresuelo del deseo, primer piso de la memoria, terraza mística con vista al río y a Saturno.

   

Spinetta Jade y las partituras que podrían colgarse en una pared

De todos los encarnes del Flaco, quizás Spinetta Jade sea el más cercano al espíritu de Xul Solar. Hay algo en esos discos –armonías en espiral, climas casi astrales, letras que parecen anotaciones marginales de un tratado de filosofía– que pide ser leído como dibujo.

Las progresiones de acordes se suceden como planos superpuestos. Uno podría imaginar una acuarela de Xul donde cada color representa un acorde y cada escalera, un cambio de tonalidad. La sensación es la misma: se entra por una puerta relativamente normal y, cuando uno quiere salir, ya está en otra parte, en otro piso, en otra dimensión.

Xul juega con cartas, sigilos, diagramas que parecen mapas de ciudades planetarias. Spinetta arma su propio tarot musical: cada canción es un arcano. “Todas las hojas son del viento” podría ser la carta del desapego; “Seguir viviendo sin tu amor”, la del retorno; “Cantata de puentes amarillos”, la del artista que cruza un abismo por una construcción que sólo él ve.

Si uno escuchara esas canciones mirando un cuadro de Xul, la ciudad se volvería un poco más soportable. Porque ahí está la clave: tanto el pintor como el músico no niegan el caos, lo reorganizan. Sus obras no son negación de la realidad, sino un intento desesperado (y conmovedor) de darle una forma habitable.

 


Xul y el Flaco contra la vulgaridad literal del mundo

Vivimos rodeados de literalidad. Todo tiene que explicarse, justificarse, traducirse en términos útiles. Las ciudades se planifican según metros cuadrados vendibles, la música se mide en streams, la cultura se empaqueta en “contenidos”.

Frente a esa maquinaria de lo obvio, la alianza secreta entre Xul Solar y Spinetta es, también, una forma de resistencia.

Xul deformó la pintura tradicional para recordarnos que la realidad podría ser de otra manera. Su Buenos Aires no está hecha para turistas ni para inmobiliarias: es un organismo en mutación, una ciudad que se piensa a sí misma mientras flota. Spinetta hizo algo parecido con el rock: desarmó la canción estándar para construir otra cosa, donde la melodía no fuera pegoteo y la letra no fuera eslogan, sino espacio de experiencia.

Sus obras exigen tiempo, atención, entrega. No son fáciles. Pero a cambio de ese esfuerzo dan algo que el mundo literal no puede ofrecer: sentido que no se agota en la primera escucha ni en la primera mirada.

Hay una ética en esa dificultad. Xul y el Flaco parten de la intuición de que el alma humana es un poco más compleja que una playlist de supermercado o un folleto electoral. Y construyen, cada uno a su modo, refugios para esa complejidad.}

 

Un mapa secreto de la ciudad interior

Cuando uno camina por Buenos Aires con Spinetta en los audífonos y algún cuadro de Xul todavía fresco en la memoria, la ciudad se desdobla. El edificio anodino de oficinas se vuelve una torre iniciática; la escalera del subte parece llevar a un nivel apenas desplazado de la realidad; el balcón con una maceta triste adquiere dignidad de altar doméstico.

Nada de esto cambia el precio del dólar ni el estado de las veredas. Pero algo se reordena adentro.

Xul Solar y Luis Alberto Spinetta, sin conocerse, dibujaron el mapa de esa ciudad interior. Uno desde la acuarela y el tarot personalísimo; el otro desde el acorde improbable y la frase que parece escrita en estado de trance. Los dos intuyeron que Buenos Aires no termina en sus avenidas, ni en sus plazas, ni en sus cafés, sino en una zona más frágil y persistente: la de quienes insisten en imaginarla distinta.

Ese mapa no figura en ninguna guía turística. Hay que ir armándolo de a pedazos: una visita al museo, una escucha nocturna de Artaud o Kamikaze, una caminata por una calle cualquiera en la que, de pronto, el cielo se abre en ángulos extraños sobre los cables de luz.

No es una ciudad mejor ni más bella. Es, simplemente, una ciudad que admite la posibilidad de lo sutil, de lo no medible, de lo que no entra en planillas de Excel. Una ciudad solar, en el sentido más literal y más esotérico de la palabra.

Quizá por eso, cuando el ruido de la época se vuelve insoportable, conviene volver a esos dos. Encender un disco del Flaco, mirar un cuadro de Xul, abrir la ventana.

Ahí, entre la guitarra que avanza por pasillos armónicos imposibles y las terrazas que se despliegan en acuarela hacia el cielo, aparece durante unos minutos esa Buenos Aires que todavía puede ser otra cosa: no sólo un lugar donde se vive, sino un lugar donde, a pesar de todo, todavía se sueña.

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