Aprender a estar de mi lado (III): el arte de soltar la mochila
“Algunas cosas están en tu poder, otras no.”
— Epicteto, aguafiestas profesional de la culpa eterna
Hay una imagen que se repite mucho en estos tiempos de espiritualidad de autoayuda: alguien avanzando por un camino de montaña, mochila a la espalda, y el texto sobreimpreso que dice algo como “Suéltalo todo”, “Déjalo ir”, “No cargues con lo que no es tuyo”.
La metáfora es buena, pero a fuerza de repetirse ha ido perdiendo peso, como esas maletas viejas que ya no tienen ruedas. El problema no es la idea de soltar, sino su uso simplificado: como si bastara con decidirlo para que los fardos que llevamos décadas arrastrando desaparezcan con la misma facilidad con la que se borra un mensaje de WhatsApp.
En las dos primeras partes hablamos del primer amor como deber básico hacia uno mismo: dejar de maltratarnos, tratarnos con ternura, ser amables con nuestros errores y aprender a perdonarnos. Pero hay algo que, si no lo tocamos, deja coja la mesa: la necesidad de soltar los pesos muertos que siguen colgados de la espalda aunque hayamos aprendido a hablarnos bonito.
Porque uno puede hablarse con dulzura… mientras continúa obedeciendo mandatos ancestrales como si fuera un empleado ejemplar de la culpa.
Los fardos heredados
Hay culpas que no nacieron con nuestro nombre, pero que llevamos como si fueran parte del cuerpo. Son los “deberías” que venían incluidos en el paquete familiar, cultural, religioso:
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“Tienes que sacrificarte siempre por los demás.”
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“La familia está primero, aunque te destruyas en el intento.”
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“Un hombre/una mujer de verdad aguanta, no se queja.”
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“Tu valor está en lo que produces, no en lo que eres.”
No hace falta que nadie nos las repita: hemos internalizado tan bien esas frases que se han vuelto automatismos de la conciencia. Cuando intentamos descansar, se activa la voz: egoísta; flojo; irresponsable; desagradecido.
Soltar, en este contexto, no significa renegar de todo lo recibido ni declarar la guerra a los antepasados. Significa algo más delicado: distinguir qué parte de la herencia sigue siendo válida y cuál se ha convertido en cadena. No se trata de incendiar la casa familiar, sino de abrir algunas ventanas para que entre aire.
Un gesto de amor propio es atreverse a revisar la lista de mandatos con lápiz rojo. Preguntarse, uno por uno:
“¿Esto sigue siendo bueno para mi vida o solo lo cumplo por miedo a dejar de pertenecer?”
El estoicismo no habla de “prenderle fuego al árbol genealógico”, pero sí insiste en algo parecido: cada cual debe examinar sus opiniones heredadas, someterlas a la razón, ver si resisten el contraste con la experiencia. Si no, soltarlas. Agradecer el intento de quienes nos las transmitieron, y luego dejarlas sobre la mesa, como quien ya no necesita ese abrigo en un clima distinto.
2. La culpa: esa religión portátil
La culpa tiene algo de religión portátil: nos acompaña a todas partes, siempre dispuesta a recordarnos que aún no hemos hecho suficiente, que siempre hay una forma más perfecta de haber actuado.
Hay culpas necesarias —la que nos avisa que hemos herido a alguien y debemos reparar— y culpas parásitas, que se alimentan de cualquier imperfección y convierten todo error en pecado mortal.
Los estoicos, tan amigos de la responsabilidad, eran sospechosos de la culpa crónica. Para ellos, el error era una desviación del buen uso de la razón; había que corregirlo, sí, pero no instalarse a vivir ahí. El objetivo no era castigarse, sino aprender.
Soltar la culpa no es volverse impune, sino dejar de confundirse con la voz acusatoria que llevas dentro. Es pasar de “soy un desastre” a “esto que hice no estuvo bien, pero puedo hacerlo distinto”. Parece un matiz, pero en ese matiz se juega la posibilidad de cambio.
Hay culpas que se combaten pidiendo perdón y reparando. Hay otras que, aun después de hacer todo eso, insisten en quedarse. Esas ya no hablan del hecho; hablan de un hábito: el de mirarse siempre desde el banquillo de los acusados.
Soltar, en ese caso, es bajarse del juicio. No porque seas inocente de todo, sino porque ya no tiene sentido seguir repitiendo la condena. Has tomado nota. Has pagado lo que podías pagar. Seguir reviviendo la escena solo tiene un efecto: impedirte escribir otra distinta.
3. Creencias que esclavizan
Además de culpas y mandatos, hay creencias que funcionan como software maligno. No son fácilmente visibles, pero determinan cómo interpretamos todo:
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“Si no controlo cada detalle, todo saldrá mal.”
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“Si muestro lo que siento, me van a abandonar.”
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“No merezco algo bueno sin esfuerzo doloroso.”
Estas creencias son incompatibles con cualquier amor propio que no sea puramente decorativo. Mientras estén activas, cada gesto de ternura hacia ti mismo será sospechoso, cada descanso una amenaza, cada alegría un error administrativo que hay que compensar con sufrimiento.
Soltarlas no es cuestión de voluntarismo. Requiere trabajo: terapia, conversación honesta, escritura, tiempo. Pero el primer paso es declarar que no son verdades absolutas, sino narraciones aprendidas.
El estoico, si lo trajéramos al siglo XXI y le pusiéramos un café delante, diría algo así: “Mira tus juicios como juicios, no como hechos. Examínalos. Si no te sirven para vivir de acuerdo con tu naturaleza —es decir, con dignidad—, cámbialos.”
Soltar una creencia esclavizante es como cambiar de gafas: al principio todo se ve raro, desenfocado. Luego descubres que, en realidad, ves mejor.
4. Soltar no es abandonar
Aquí conviene hacer una distinción incómoda: soltar no es lo mismo que lavarse las manos. No es renunciar a responsabilidades incómodas disfrazándolo de desapego superior.
Hay quien, en nombre de “soltar”, deja de hablar con sus hijos, abandona proyectos a mitad de camino, huye de conversaciones difíciles, se desentiende de la realidad política o social porque “no quiere cargarse de malas energías”. Eso no es desapego, es evasión. Y la evasión, tarde o temprano, cobra intereses.
Para los estoicos, había deberes que no se podían soltar: cuidar a los hijos, ser honesto en la vida pública, responder por los propios actos. Lo que sí se podía soltar era la fantasía de control absoluto sobre los resultados.
Amarse implica algo similar: asumir lo que depende de ti —tu conducta, tus decisiones, tu manera de responder— y soltar lo que no depende de ti: la opinión ajena, el pasado, la meteorología emocional de los otros.
Soltar, en versión madura, es quedarse donde hay que estar… sin cargar además con el peso de lo que no puedes decidir.
5. El momento de dejar la mochila en el suelo
Quizá el gesto más claro de este amor que suelta sea muy sencillo: identificar una carga específica que llevas años arrastrando y tomar una decisión concreta respecto a ella.
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Esa relación en la que solo te quedas por miedo.
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Ese proyecto muerto que te niegas a enterrar porque fue tu sueño a los veinte.
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Esa autoexigencia absurda de ser siempre el fuerte, el que sostiene, el que no se rompe nunca.
Soltar, en estos casos, puede ser hacer una llamada, cerrar un ciclo, admitir una renuncia. Y sí, va a doler. Hay despedidas que casi nadie celebra, pero que son actos profundos de amor a uno mismo.
Me gusta imaginar la escena de otra manera: no como una quema heroica de todas las mochilas en una ceremonia de luna llena, sino como algo más discreto. Estás sentado en un banco, solo. Te das cuenta de que llevas dos mochilas cuando solo necesitas una. Te levantas, te quitas la que ya no corresponde a la persona que eres hoy, la dejas allí. Sabes que otros quizás la recojan —las ideas y culpas nunca se pierden del todo—, pero ya no es tuya.
Te vas, más ligero. No iluminado, no perfecto. Solo un poco más en paz.
El primer amor, al final, tiene algo de arqueología. Se trata de entrar en las capas de tu vida, reconocer qué piezas conservas, cuáles restauras, cuáles devuelves al polvo. Ternura, amabilidad, perdón, y este arte silencioso de soltar van armando una especie de casa interior habitable.
No podrás vivir sin errores ni sin pérdidas. Nadie lo consigue. Pero tal vez, si logras dejar en el suelo algunos fardos que nunca fueron realmente tuyos, descubrirás algo insospechado: que el camino no era tan imposible, que tus piernas no estaban tan débiles, que la vida que queda por andar es menos hostil cuando ya no la recorres cargando con medio cementerio de mandatos y culpas ajenas.
Soltar no es olvidar de dónde vienes, ni renegar de quien fuiste. Es tratarse, por fin, como alguien a quien uno quiere acompañar hasta el final del viaje sin romperle la espalda en el intento.



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