Irán: cuando “Mujer, Vida, Libertad” deja de ser consigna y se vuelve brújula
Hay una escena que se repite en los regímenes que envejecen mal: la del poder que habla solo. Cada vez más alto. Como si el volumen pudiera reemplazar la legitimidad. En Irán, ese ruido tiene uniforme y sotana. Tiene sellos. Tiene cámaras. Tiene tribunales que dictan sentencias como quien firma recibos. Y tiene un fondo sonoro constante: la vida cotidiana intentando seguir, mientras la Historia empuja la puerta con el hombro.
No es un “estallido”. Esa palabra sirve para la televisión: algo que explota, ilumina durante dos días y luego vuelve a la programación regular. Lo de Irán es un temblor largo. Persistente. Con capas. Huelgas. Protestas. Ciudades distintas, voces distintas, heridas distintas, pero el mismo punto de fuga: la gente dejó de aceptar que obedecer sea lo normal. Y cuando un país llega a ese umbral, el miedo cambia de dueño.
La economía se deshace y lo único que el régimen logra administrar es la miseria bajo la burocracia. La moneda cae, la precariedad se vuelve paisaje y la rabia —que durante años fue privada, doméstica, susurrada— empieza a decirse en plural. Entonces el poder responde como responden los poderes que ya no convencen: castigo. Arrestos. Golpes. Juicios sin vergüenza. Apagones de internet y de verdad. Una violencia que, además, busca lo mismo de siempre: que no se vea, que no se cuente, que no exista. El autoritarismo moderno no solo dispara: también corta el relato.
Y, aun así, no pueden cortar lo esencial: esa terquedad íntima de estar vivos que, un día, se vuelve pública.
Desde 2022, Irán aprendió que una consigna puede convertirse en una grieta: “Mujer, Vida, Libertad”. Nació de un horror concreto, con nombre propio, y se transformó en brújula. El régimen quiso borrarla como se borran las pintadas: con castigos, vigilancia, moralina de Estado. Pero el cuerpo no olvida. Y aquí está el corazón del asunto: el poder iraní no solo controla el Estado. Controla el cuerpo. Controla la respiración. Controla el cabello, la ropa, la calle, el gesto. Convierte la vida de las mujeres en un formulario interminable de obediencia. Y cuando un Estado administra el cuerpo como una frontera, cada acto mínimo se vuelve político, incluso si no pretende serlo: caminar, estudiar, trabajar, mirar de frente, existir en público sin pedir permiso simbólico.
Por eso las mujeres no “lideran” como en los discursos que necesitan héroes y pósters. Abren la puerta. La sostienen abierta. Pagan el precio. Y lo más peligroso para el régimen no es la protesta, sino lo que la protesta instala: una nueva normalidad interior. La sospecha de que la obediencia no es destino, sino solo costumbre. Y las costumbres, cuando cambian, dejan al poder sin ropa.
La juventud iraní creció viendo promesas administradas: elecciones con correa corta, reformas que se anuncian y se desactivan, aperturas que duran lo que dura la paciencia del verdadero mando. Esa pedagogía de la farsa produce un tipo de lucidez amarga: ya no se cree en el guion. Y cuando una generación deja de creer en el guion, busca otra gramática. Redes. Calles. Universidades. Sindicatos. Bazares. Una convergencia rara, pero poderosa: estudiantes y trabajadoras, jóvenes y comerciantes, barrios y provincias. Un “movimiento de movimientos”, sin el romanticismo de las revoluciones de postal y con la crudeza de lo que se juega de verdad.
A los jóvenes, desde la comodidad de los sillones occidentales, se les suele pedir paciencia histórica. “Todo llega”, dicen quienes ya vivieron su juventud. En Irán, la paciencia se agotó hace tiempo. Lo que queda no es desesperación. Es claridad. Y la claridad es una forma de valentía: saber que no hay salvadores, solo decisiones.
El régimen lo entiende. Por eso no solo reprime: intenta apagar la conversación. El silencio es su tecnología favorita. Si la ciudadanía no puede narrar lo que vive, el Estado conserva el monopolio del relato. Y el monopolio del relato es el prólogo del monopolio de la verdad. Ese es el verdadero “orden público” del régimen: que nada exista del todo si no lo firma la autoridad. Que la realidad sea un documento.
Desde aquí, desde este lado del mundo que se cree árbitro moral con horarios de oficina, se ve otra escena paralela: la del silencio selectivo. No el silencio humilde de quien no sabe, sino el silencio calculado de quien no quiere saber. Hay una fauna reconocible —esa izquierda de salón con indignación de temporada— que se desgañita cuando el verdugo no arruina su narrativa y se vuelve estatua cuando el verdugo lleva el uniforme equivocado. No es ignorancia. Es conveniencia. Su brújula moral no apunta a los principios, sino a las afinidades. Y eso no es compromiso: es merchandising ideológico, con filtro y buena iluminación.
Lo notable, lo incómodo, lo verdaderamente subversivo es que las mujeres y los jóvenes iraníes no están pidiendo permiso a ninguna etiqueta occidental. No están solicitando aprobación académica. No están compitiendo por el aplauso del activismo performativo. Están reclamando algo anterior a nuestras tribus: dignidad, igualdad, futuro. Y eso desactiva el truco favorito del cinismo contemporáneo: convertir el dolor ajeno en un debate abstracto para no mancharse las manos.
No conviene declarar victoria. Irán no es libre todavía. Decirlo sería ingenuo y, peor aún, injusto con quienes siguen pagando el costo. Pero sí ocurre algo enorme, y aquí está la verdadera noticia: una parte decisiva de la sociedad iraní dejó de pedir reformas como quien suplica favores y empezó a hablar de derechos como quien nombra lo obvio. Cuando eso ocurre, el régimen entra en pánico. Porque puedes encarcelar cuerpos. Puedes cortar internet. Puedes fabricar confesiones. Puedes llenar cementerios. Pero es más difícil encarcelar una costumbre mental.
La libertad, cuando asoma, no siempre llega como bandera. A veces llega como una nueva normalidad interior: la gente empieza a comportarse como si ya fuera libre. Y entonces el poder queda desnudo, haciendo lo único que sabe hacer: castigar.
Lo trágico es la sangre.
Lo irreversible es la grieta.
Y quizá ese sea el detalle que los sospechosos habituales no soportan mirar de frente: que la libertad iraní no cabe en sus pancartas, no sirve para sus selfies, no confirma su catecismo. La calle no está pidiendo permiso. Está respirando.
Y cuando un país aprende a respirar sin autorización, el régimen puede seguir gritando. Lo que ya no puede es volver a mandar como antes.


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