Gaza, la pantalla y la herida de la verdad


Hay días en que uno abre el teléfono y no encuentra noticias: encuentra escombros.
 Escombros de edificios.
 Escombros de cuerpos.
 Escombros de lenguaje. Gaza ha terminado por convertirse en eso: una guerra real y, al mismo tiempo, una demolición industrial de la posibilidad de saber. No hablo solo de la propaganda, que ha existido siempre y probablemente acompañó a la primera piedra lanzada en la primera ciudad sitiada de la historia. Hablo de algo más viscoso y más contemporáneo: la conversión del horror en flujo, en clip, en mercancía moral de consumo rápido.

Vemos una explosión, una niña ensangrentada, un hospital ennegrecido, un periodista jadeando ante la cámara, y en segundos ya no estamos ante un hecho sino ante su secuestro. Lo toma un bando, lo toma el otro, lo toman los adictos al algoritmo, lo toman los comerciantes del escándalo, lo toman esos medios que ya no informan: administran tráfico. La verdad, mientras tanto, llega tarde. Cojeando. Con polvo en la ropa.

En Gaza, además, hay un agravante feroz: el acceso independiente al terreno ha sido mínimo, y el costo de reportear ha sido devastador para la prensa. El Comité para la Protección de los Periodistas documentó cifras récord de trabajadores de medios asesinados en 2025 y atribuyó a Israel dos tercios de esos casos. Israel replica que varios de esos periodistas eran en realidad militantes de Hamas o de la Yihad Islámica operando bajo cobertura periodística. El problema no es que exista la acusación. El problema es que, en varios de los casos más notorios, esa acusación no ha venido acompañada de evidencia verificable de manera independiente. Ahí empieza la zona pantanosa, que es también la zona donde debería empezar el periodismo.

Porque el periodismo serio no consiste en escoger la propaganda más simpática y vestirla de objetividad. Consiste, precisamente, en soportar la incomodidad de no saber todavía del todo. Consiste en decir: esto parece cierto, pero aún no alcanza. Esto lo dice Israel. Esto lo niega Hamas. Esto lo sugiere tal evidencia. Esto no ha podido verificarse. No suena heroico. Suena, más bien, a una disciplina un poco vieja. Pero sospecho que en tiempos de intoxicación colectiva esa modestia metodológica se ha vuelto una forma de coraje.

El caso del hospital Al-Shifa es ejemplar. Todo lo que toca esa guerra termina convertido en tótem o en tabú. Para unos, bastó la palabra hospital para declarar imposible cualquier uso militar del lugar. Para otros, bastó la palabra Hamas para dar por probada sin matices toda versión israelí. Ambas posiciones ahorran pensamiento. Ambas son cómodas. Ambas son malas para el periodismo.
Hay elementos serios para sostener que Hamas utilizó partes del complejo hospitalario con fines militares. La inteligencia estadounidense respaldó esa tesis y después aparecieron otros indicios que apuntaban en la misma dirección. Eso no debería ocultarse por pudor ideológico ni por miedo a disgustar a la feligresía propia.

Pero una cosa es reconocer indicios serios o evidencia parcial. Otra, muy distinta, es canonizar como verdad final todo el relato del ejército israelí. Ahí fue donde parte de la cobertura se desbarrancó. Algunos medios actuaron como si el hallazgo de armas, o de un uso indebido de ciertas áreas, probara automáticamente la magnitud total del aparato militar alegado por Israel. Y no era así. Había, y hay, huecos de verificación, zonas no demostradas, y una diferencia esencial entre un indicio grave y una narración cerrada. Eso no exonera a Hamas. Solo obliga a no convertir al periodismo en escolta de convoy narrativo.

Además, el derecho internacional humanitario no funciona con la lógica infantil de las redes. Un hospital no deja de ser hospital porque una fuerza armada abuse de él. La protección puede verse comprometida bajo ciertas condiciones, sí, pero siguen existiendo los principios de necesidad, proporcionalidad y precaución. Es decir: un grupo terrorista puede violar el derecho al usar un hospital como cobertura, y un ejército puede violarlo también si responde de manera ilegal o desproporcionada. Sé que esto decepciona a quienes prefieren una guerra redactada como partido de fútbol. Pero la realidad, por fortuna o por desgracia, no se deja reducir a una barra brava.

Y luego está el otro episodio, el de las niñas de una escuela iraní alcanzadas por un misil. No pertenece geográficamente a Gaza, pero pertenece moralmente al mismo ecosistema informativo. Primero apareció el espanto. Después llegaron las imágenes y las condenas instantáneas. Pero ahora ya no estamos solo ante el ruido inicial de las redes: investigaciones periodísticas recientes, apoyadas en imágenes satelitales, restos de munición y análisis visuales, apuntan con mucha más fuerza a que la escuela Shajareh Tayyebeh, en Minab, fue alcanzada por un misil Tomahawk estadounidense. El Pentágono, de hecho, elevó formalmente la investigación. Otra vez la misma coreografía miserable: primero el dolor convertido en disputa narrativa; después, cuando el mundo ya cambió de tema, la verdad llegando tarde, chamuscada, pero todavía respirando.

Tal vez el problema más hondo sea este: ya no vivimos solo en un tiempo de mentira. Vivimos en un tiempo de certeza prematura.

Las redes no premian lo verdadero. Premian lo rotundo. Lo que confirma un prejuicio. Lo que inflama una tribu. Lo que cabe en una indignación portátil. Y muchos medios, debilitados, empobrecidos, agotados, han empezado a imitar ese metabolismo. Menos corresponsales. Menos tiempo. Menos verificación. Más video encontrado por ahí. Más adjetivo. Más urgencia de parecer moralmente despiertos antes que intelectualmente honestos.

La guerra, en ese contexto, ya no solo mata gente. También mata jerarquías de prueba. Antes al menos existía una secuencia ideal: rumor, contraste, confirmación, reconstrucción, publicación. Hoy demasiadas veces la secuencia es otra: viralización, editorialización, polarización, corrección tardía, olvido. Y a la mañana siguiente, nuevo ciclo, nueva sangre, nuevo contenido. El error de ayer queda sepultado bajo la metralla del feed.

No sé si alguna vez hubo una edad de oro del periodismo de guerra. Probablemente no. Los corresponsales de antaño también convivieron con censuras, patriotismos, servicios de inteligencia y relatos prefabricados. Pero al menos existía la vergüenza profesional de afirmar sin probar. Hoy esa vergüenza parece un lujo de museo.

Por eso me tienta pensar que hacer periodismo de guerra, en este mundo, exige menos gesticulación moral y más ascetismo intelectual. Menos deseo de tener razón de inmediato y más paciencia para habitar la duda. Menos tentación de narrar la guerra como guion de Netflix y más voluntad de escribir con cicatrices, no con plantillas.

No es una tarea cómoda. Tampoco seduce al algoritmo. Decir no sabemos todavía genera menos tráfico que una mentira perfecta. Y, sin embargo, quizá allí sobreviva lo poco que todavía merece llamarse periodismo.

En tiempos así, la honestidad no consiste en fingir neutralidad entre un misil y un niño muerto. Consiste en no permitir que ese niño muerto sea usado para fabricar una verdad barata.
Lo demás es propaganda con buen diseño.

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