La guerra que ya entró a la sala


No suenan sirenas. No hay refugios antiaéreos. Nadie corre con una maleta en la mano por una estación de tren. Y sin embargo, la guerra está aquí.

No hablo, al menos no todavía, de la tercera guerra mundial en su versión cinematográfica: misiles, mapas térmicos, generales de mandíbula tensa y presentadores que pronuncian la palabra “escalada” con una gravedad casi sacerdotal. Hablo de otra cosa. De una guerra menos visible y acaso más eficaz: la que se libra dentro de nuestras cabezas mientras creemos estar simplemente opinando, debatiendo, enseñando, compartiendo enlaces o exhibiendo lucidez moral.

Es una guerra por el lenguaje. Por los reflejos. Por el marco desde el que interpretamos el mundo.

Las autocracias contemporáneas entendieron antes que muchas democracias fatigadas una verdad incómoda: no siempre hace falta conquistar territorios cuando se puede colonizar percepciones. Rusia lo ha hecho con método; China, con paciencia imperial y músculo tecnológico; Irán, con una mezcla de fervor ideológico, victimismo estratégico y oportunismo digital. No necesitan que los admiremos. Les basta con que desconfiemos de nosotros mismos. Les basta con erosionar la legitimidad de la democracia liberal, intoxicar la conversación pública y presentar toda defensa de la libertad como una coartada hipócrita de Occidente. Informes recientes de la Unión Europea describen precisamente una infraestructura sostenida de manipulación e interferencia informativa impulsada sobre todo por Rusia y China, mientras Microsoft advierte una aceleración del uso de inteligencia artificial en operaciones de influencia por parte de actores estatales.  

La jugada, por supuesto, no entra con uniforme. No se presenta como propaganda. Se presenta como inteligencia. Como conciencia crítica. Como mirada descolonial. Como antiimperialismo automático. Como pacifismo selectivo. Como desconfianza permanente frente a todo lo que huela a democracia liberal. No llega diciendo “viva Moscú”, “larga vida a Pekín” o “qué admirable Teherán”. Llega con mejores modales. Con citas. Con seminarios. Con artículos. Con activismos de geometría variable. Y así, casi sin darnos cuenta, ciertos espacios universitarios, culturales, comunitarios y periodísticos terminan reproduciendo marcos narrativos que favorecen a regímenes cuya relación con la prensa libre, la disidencia y los derechos humanos es, siendo generosos, bastante miserable. Freedom House ha documentado de forma amplia la expansión de la influencia mediática global de Pekín a través de tácticas abiertas, encubiertas, coercitivas y económicamente condicionantes.  

Rusia perfeccionó hace tiempo ese arte de la infección narrativa. Lo suyo no consiste solo en mentir, sino en degradar la posibilidad misma de distinguir entre verdad, mentira, manipulación e interés. No busca tanto que uno crea una versión falsa de los hechos, sino que termine agotado, relativista, cínico, persuadido de que todo da lo mismo y de que la verdad no es más que propaganda con mejor departamento de prensa. La narrativa de que Ucrania es una simple marioneta, de que la OTAN explica por sí sola la guerra, o de que toda resistencia democrática es una impostura occidental, ha circulado con notable eficacia en espacios donde la sospecha hacia Estados Unidos funciona ya como religión de reemplazo. Un informe reciente del NATO StratCom señala precisamente que el relato ruso de que “la OTAN provocó la guerra” sigue siendo una pieza central de su propaganda dirigida a audiencias antioccidentales.  

China opera con una estética distinta: menos histérica, más disciplinada. No necesita incendiar la conversación cada día. Le basta con modelar, filtrar, premiar, castigar, insinuar. Su objetivo no es solo mejorar la imagen del Partido Comunista, sino acostumbrar al mundo a un ecosistema informativo donde ciertas preguntas se hagan menos, ciertas críticas cuesten más y ciertas dependencias se vuelvan normales. Cuando un régimen logra que la autocensura parezca prudencia, ya ha ganado media batalla.  

Irán, por su parte, ha encontrado un terreno fértil en la polarización global. Su aparato narrativo no necesita convencer a todos de la legitimidad de la teocracia. Le basta con incrustarse en los lenguajes de la resistencia, del agravio histórico y del antagonismo geopolítico para presentarse como víctima estructural frente a enemigos mayores. En una época en la que la indignación viaja más rápido que el matiz, ese tipo de propaganda encuentra hospedaje cómodo en conciencias cansadas, rabias legítimas y análisis perezosos. Microsoft advirtió en 2025 que en los seis meses previos había crecido agresivamente el uso de IA en operaciones de influencia, incluidas campañas vinculadas a Estados y actores “AI-first”.  

Pero sería un error convertir esto en una cacería de brujas para mediocres. No toda crítica a Occidente es propaganda extranjera. No todo profesor de izquierda es un idiota útil del autoritarismo. No todo periodista antiintervencionista trabaja para una embajada sombría. El problema no es la crítica. El problema es la pereza intelectual que convierte la crítica en reflejo, y el reflejo en obediencia inconsciente. El problema empieza cuando se repiten marcos narrativos completos, calcados, previsibles, sin examinar quién los fabrica, a quién benefician y qué silencios exigen.

Porque ahí está el truco: estas propagandas casi nunca triunfan inventando desde cero. Triunfan secuestrando verdades parciales. Sí, Occidente ha sido hipócrita muchas veces. Sí, Estados Unidos ha cometido abusos, guerras torpes, intervenciones cínicas, dobles raseros de campeonato. Sí, la democracia liberal atraviesa una fatiga moral visible. Pero una cosa es decir eso, y otra muy distinta entregar esa decepción al servicio de regímenes que encarcelan periodistas, aplastan disidentes y administran la mentira como política pública.

La guerra real, entonces, no se libra solo en Ucrania, ni en el estrecho de Taiwán, ni en Medio Oriente. Se libra también en la universidad donde un alumno repite con soberbia prestada un argumento ensamblado en una fábrica de propaganda. En la redacción donde un periodista llama “contexto” a la renuncia de nombrar una tiranía. En el colectivo cultural que denuncia todos los imperios menos los que le caen simpáticos. En la sobremesa donde alguien cree estar pensando por cuenta propia, cuando en realidad apenas reproduce un libreto ajeno con entonación local.

La tercera guerra mundial, si alguna vez merece ese nombre, quizá no empiece con un hongo nuclear. Quizá ya empezó con una frase. Una frase que parecía crítica y era obediencia. Una frase que parecía rebelde y era diseño. Una frase que llegó a nosotros maquillada de lucidez, envuelta en agravios reales y servida con la satisfacción estética de quien se cree moralmente superior por desconfiar de una sola mitad del mundo.

Las democracias liberales tienen defectos exasperantes. A veces decepcionan con puntualidad de reloj suizo. A veces prostituyen sus propios valores con una desenvoltura que da vergüenza ajena. Pero todavía conservan algo que Moscú, Pekín y Teherán no toleran sino como teatro: la posibilidad de disentir sin desaparecer, investigar sin permiso, burlarse del poder sin terminar pidiendo clemencia.

Defender eso exige algo más que buenas intenciones. Exige higiene mental. Exige memoria. Exige una forma de coraje menos vistosa, pero más urgente: la de no pensar con palabras prestadas.

La guerra ya entró a la sala.

Y demasiados todavía creen que están simplemente conversando.

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