Los sueños son como el agua
Todo empezó con una recomendación que llegó desde Japón.
Mi hija Lucía, que está haciendo allí su maestría, me habló con entusiasmo de The Pitt, una serie médica que la tenía fascinada. Comencé a verla y hubo una expresión que escuché repetidamente cuando la muerte les arrebataba a alguno de sus pacientes:
This mortal coil.
La conocía, por supuesto. Pero esta vez quise saber exactamente qué significaba.
La respuesta me llevó hasta Shakespeare. La expresión aparece en el célebre monólogo de Hamlet: “When we have shuffled off this mortal coil”. Morir. Desprenderse de esta existencia mortal. Pero coil, en el inglés de Shakespeare, podía aludir también al tumulto, la agitación, los afanes de la vida. De modo que aquella frase contenía una imagen mucho más sugerente: desprenderse no solo de la envoltura del cuerpo, sino también del ruido de estar vivos.
Y entonces ocurrió uno de esos pequeños cortocircuitos de la memoria.
This Mortal Coil.
Hacía probablemente veinte años que no escuchaba Blood.
Y aquí estoy.
Debió ser 1991. Vivíamos entonces mi primera esposa Soledad y yo en un pequeño departamento en el sector de Las Casas, en Quito. Ella no estaba aquella tarde. Seguramente se encontraba en la universidad, en las clases de Psicología que cursaba entonces.Yo llegué con un CD nuevo entre las manos.
Había llegado a This Mortal Coil por 4AD. En aquellos años tenía una fascinación casi religiosa por todo lo que apareciera bajo aquel sello. Un amigo me había hablado de una suerte de “súper banda de 4AD”. Cocteau Twins, Dead Can Dance y otros nombres de aquel universo ya formaban parte de mi geografía musical. Era suficiente.
Mucho después entendería que This Mortal Coil ni siquiera era exactamente una banda. Era una de las criaturas más singulares de Ivo Watts-Russell, fundador de 4AD: un proyecto colectivo y cambiante que reunía músicos de la órbita del sello para crear piezas propias y, sobre todo, recuperar canciones ajenas y convertirlas en otra cosa. Después de It’ll End in Tears y Filigree & Shadow, Blood, publicado en 1991, sería el tercero y último de sus álbumes.
Pero yo aquella tarde no sabía —ni necesitaba saber— todo eso.
Dejé mis cosas sobre un sillón y me instalé en mi favorito, frente al equipo. Durante esta conversación tampoco podía recordar cuál era. Primero pensé en Pioneer. Después la memoria hizo clic: uno de aquellos Sony de la serie LBT. El modelo exacto se perdió en alguna mudanza neuronal.
Abrí el CD, saqué el libreto y apreté play.
Primero llegó aquella ráfaga de teclados y voces etéreas. Una bruma empezó a instalarse dentro de mis oídos. Pero casi inmediatamente aparecieron las cuerdas y pusieron los pies del disco sobre la tierra. Esa contradicción me sigue pareciendo esencial treinta y cinco años después: Blood puede parecer incorpóreo, pero tiene cuerpo. Parece vaporoso y está construido con madera, cuerdas, piel, teclas, guitarras, respiraciones.
The Lacemaker era deslumbrante.
Entrecerré los ojos y sentí un cosquilleo. Comenzó en el estómago, subió hacia el corazón y terminó llegando a los ojos, donde empezaron a formarse unas pequeñas perlas de agua salada. Tenía el libreto entre las manos, con toda la información disponible, pero ya no quería leer.
Solo escuchar.
Mr. Somewhere llegó enseguida para confirmar que aquello no iba a parecerse demasiado a nada. Cuerdas, una guitarra desgranando notas y una percusión que todavía hoy me suena como el suave preludio de un sismo.Después, With Tomorrow. Desde aquella primera escucha quedé prendado de ese piano melancólico, ligeramente desafinado, que durante los escasos minutos de la canción parece ir perdiendo pie. Como si la canción envejeciera mientras uno la escucha.
Esta tarde ocurrió algo más sencillo.
Me hizo llorar.
No sé si lloraba por la canción, por aquel piano o por todo lo que ahora cabe entre sus notas. Quizá sea una distinción inútil.
Hasta que apareció You and Your Sister.
Las voces construyen una fragilidad extraordinaria, sostenidas por las cuerdas y por un teclado de timbre difícil de precisar que conduce la melodía con una delicadeza casi dolorosa. Después de la bruma, las cuerdas y los pianos que parecen perder pie, de pronto queda algo mucho más sencillo: lo humano.
Y precisamente por eso resulta devastador.
Años después descubriría una de las puertas secretas de This Mortal Coil: la canción pertenecía a Chris Bell, aquel maravilloso y trágico integrante de Big Star. Ivo y los suyos parecían tener un don casi de médiums: encontraban canciones en otros tiempos y las hacían regresar convertidas en apariciones.
Pero aquella tarde no estaba pensando en arqueología musical.
Cuando terminó hice algo que todavía recuerdo perfectamente. No repetí la canción.
Paré el disco.
Necesitaba silencio. Me levanté del sillón, fui a servirme una copa de vino y después regresé.
Treinta y cinco años más tarde, mientras escuchaba nuevamente aquel mismo CD, ocurrió algo que no había planeado. Terminó You and Your Sister.
Volví a parar el disco.
Y fui a descorchar una botella de vino.
Entonces aparecieron otra vez aquellas pequeñas perlas de agua salada.
Lo curioso es que Blood está compuesto en buena medida por canciones breves. No hay aquí esa vocación de la música progresiva por convertir veinte minutos en una unidad mínima de medida. Las piezas aparecen, provocan una alteración y desaparecen. Entre ellas están esos intermedios, pequeñas corrientes subterráneas que impiden saber exactamente dónde termina una experiencia y comienza la siguiente.Quizá por eso Blood parece eterno. No porque sea interminable, sino porque crea su propio tiempo.
Al regresar con la copa me encontré con I Come and Stand at Every Door. En 1991 la sentí como el momento más This Mortal Coil de todo Blood: un cortejo fúnebre, grave y oscuro.
Mucho después conocería el peso de aquello que estaba escuchando. Las palabras provenían de un poema de Nâzım Hikmet: la voz de una niña muerta en Hiroshima que regresa y llama a las puertas para pedir que ningún otro niño vuelva a morir de aquella manera.
Esta tarde la escuché de otro modo.
La tristeza fúnebre que entonces me abrumaba sigue allí, pero ahora la encuentro de una belleza desbordante. Escucho matices, murmullos, pequeños sonidos que habitan los bordes de la canción.
Siempre imaginamos la muerte como algo plano: una ausencia, un negro uniforme, un punto final. Esta canción —este poema convertido en canción— hace algo extraordinario: le da una tercera dimensión. Le devuelve color, profundidad y detalle.
Quizá el muchacho de 1991 percibió la gravedad antes de conocer la historia. El hombre que escucha ahora puede oír lo que existe dentro de ella.
De ese cortejo, en mi memoria, nace Bitter, con unas guitarras eléctricas intensas que hoy por momentos me hacen pensar lejanamente en Gilmour. Después llega Baby Ray Baby.
Una dulce rendición.
Y en esta nueva escucha apareció algo que no esperaba.Desde The Lacemaker hay una melodía, una cierta forma de construir el espacio, que me conduce inevitablemente hacia Roger Eno y Between Tides. Aquel disco me acompañó años después durante mi primera gira por Europa, escuchado en cassette a bordo de un autobús mientras atravesaba las carreteras escandinavas.
Pero ya no estoy seguro de cuál es el recuerdo y cuál la fuente.
Quizá no sea This Mortal Coil quien hoy me recuerda a Roger Eno. Quizá cuando escuchaba aquel cassette por Escandinavia era Blood lo que ya estaba impregnado en algún rincón de mi oído.
La memoria musical tiene esas trampas. Creemos recordar hacia atrás cuando a veces llevamos años recordando hacia adelante.
Y el viejo CD añade otra sorpresa. Tiene una profundidad y una espacialidad que no recordaba. Los sonidos se desplazan entre los canales, aparecen y desaparecen en distintos lugares de la escena. Blood no parece mezclado solamente para sonar delante de nosotros, sino para suceder alrededor.
En la versión remasterizada que escuché antes me había parecido que parte de ese juego estaba más atenuado. En el CD original vuelve a resultar evidente.
Quizá aquella bruma que recuerdo desde 1991 no estaba solamente en las canciones, estaba también en el espacio que la mezcla construía alrededor de ellas.
Más adelante llegó Several Times.En 1991 había detenido allí el disco por segunda vez. Stop. Silencio. Otra copa de vino.
Esta tarde fue diferente.
Tuve ganas de ponerme un abrigo, salir a las calles frías y brumosas de Quito y caminar sin rumbo, con una sola canción sonando en los audífonos: Several Times.
Quizá treinta y cinco años sirvan también para eso. Antes necesitaba detenerme para soportar la emoción; ahora algunas canciones me piden caminar con ella.
Help Me Lift You Up, en cambio, no me pidió ninguna explicación: ¡Qué bonita es! A veces una canción no necesita que uno la interprete. Basta dejarse cuidar un momento por ella.
En Carolyn’s Song reaparece algo que mi oído reconoce inmediatamente: la evocación de la melodía de The Lacemaker. No necesariamente una repetición. Más bien un recuerdo dentro del propio disco, como si una melodía escuchada mucho antes regresara transformada.
Entonces comienzo a comprender que Blood hace musicalmente algo parecido a la memoria. Nunca repite exactamente, evoca.
A esas alturas de aquella primera escucha yo estaba solo. Soledad todavía no regresaba de la universidad y afuera comenzaba a caer la tarde sobre Quito. Pero no recuerdo aquella tarde como una tarde de abandono.Fue una escucha solitaria, pero no abandonada.
Yo estaba dentro de una vida compartida. Soledad regresaría. Existían el departamento, el matrimonio, la universidad, los libros, las cosas que había dejado tiradas sobre el otro sillón. La vida estaba temporalmente fuera de aquella habitación, pero seguía allí.
Mientras tanto, adentro estaba Blood. Y entonces llegó Dreams Are Like Water.
Esta tarde la escuché como una pequeña sinfonía pop que gira y gira sobre sí misma formando figuras inesperadas. Sus más de ocho minutos no parecen una extensión sino una transformación continua: algo aparece, se aleja, vuelve bajo otra luz. La canción no parece dirigirse hacia un lugar; parece explorar todas las formas posibles de permanecer en él.
Dreams are like water.
Los sueños son como el agua.
El agua tampoco conserva una forma. La adquiere, la abandona y vuelve a empezar.
Quizá eso haya hecho esta música durante treinta y cinco años. Se filtró por debajo de mi vida, cambió de recipiente, atravesó ciudades, relaciones, viajes, pérdidas, equipos de sonido, CDs y archivos digitales.
Y esta tarde volvió a brotar.
También regresan los muertos.Chris Bell había aparecido ya en You and Your Sister. Ahora vuelve con I Am the Cosmos. Más temprano apareció Syd Barrett con Late Night. Está también la niña de Hiroshima de Hikmet.
No quiero convertirlo en una teoría sobre Blood. Pero mientras lo escucho descubro que This Mortal Coil no parecía escoger canciones solamente para versionarlas, las convocaba y con ellas llegaban también sus ausencias.
Hay algo especialmente conmovedor en que Chris Bell reaparezca para decir I Am the Cosmos. En un disco llamado Blood, dentro de un proyecto bautizado con aquellas palabras de Shakespeare sobre nuestra mortalidad, la canción insiste en una desmesura maravillosa: soy el cosmos.
El cuerpo desaparece.
La canción insiste en quedarse.
Mientras escuchaba en Tidal la versión remasterizada había ido a buscar entre mis discosY apareció.
Mi viejo Blood.
El mismo CD.
La caja rayada, el libreto envejecido, las esquinas vencidas, pequeñas manchas. Cicatrices.
Lo puse sobre una mesa de vidrio y le hice una fotografía. En la superficie plateada apareció mi reflejo, teléfono en mano: el objeto de 1991 devolviéndome literalmente la imagen del hombre de 2026.
Los discos también envejecen.
Algunos tienen la delicadeza de llevar nuestras cicatrices junto a las suyas.
Por eso decidí ponerlo.
No el remaster.
Ese disco.
El mismo que había girado frente a mí en Las Casas treinta y cinco años atrás.
Y entonces ocurrió todo lo que acabo de contar.
Hasta que llegó (Nothing But) Blood.Una danza tribal, obsesiva, girando sobre sí misma. Y entonces, como había ocurrido treinta y cinco años atrás, el disco simplemente se acabó.
Abruptamente.
Recordé al muchacho de Las Casas, aplastado contra el sofá con una copa de vino entre los dedos, desconcertado por aquel silencio repentino y sin saber dónde había dejado su ropa emocional.
Esta vez fue diferente.
Salté como un resorte a buscar mis pantalones.
Mis pantalones emocionales, quiero decir.
Pero tampoco llegué muy lejos.
Volví al sofá desnudo.
Ahora escribo estas notas. Doy un sorbo de vino. Afuera llueve sobre Quito y, de vez en cuando, un trueno atraviesa el silencio que dejó Blood.
Treinta y cinco años separan aquellas dos tardes. Entre una y otra caben demasiadas cosas como para enumerarlas. Pero el viejo CD está aquí, sobre la mesa.
Yo también.
Pienso en Lucía, en Japón. En una serie de médicos y pacientes que volvió a poner tres palabras en mi cabeza. En Shakespeare y ese mortal coil, el tumulto del que algún día tendremos que desprendernos. Pienso en Chris Bell, en Syd Barrett, en la niña de Hiroshima de Hikmet. En Roger Eno atravesando las carreteras escandinavas. En Soledad regresando de la universidad. En un Sony LBT cuyo modelo ya no consigo recordar.
Qué extraña manera tienen las cosas de permanecer.
Hace un momento terminó (Nothing But) Blood.
No pongo otro disco.
Escucho la lluvia.
Los truenos.
Mi respiración.
Y el ruido de estar vivo.



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