Gracia y extrañeza
David Gilmour, entre la gracia de seguir cantando y la extrañeza de todo lo vivido.
En “Sings”, David Gilmour tararea. Una voz infantil aparece al fondo, leve como un recuerdo que aún no ha aprendido a nombrarse. La guitarra está apenas rasgada; los teclados flotan sin ocupar el aire. Durante unos minutos, el hombre que ayudó a construir algunos de los paisajes sonoros más vastos y solemnes del rock parece contentarse con muy poco: una melodía, una respiración, unas cuantas notas que llegan despacio.
Y, sin embargo, allí está todo.
Luck and Strange, el último disco de Gilmour, podría traducirse literalmente como “Suerte y extrañeza”. Pero al escuchar “Sings” pensé en otra pareja de palabras: gracia y extrañeza. La gracia de seguir vivo, de conservar el don, de tener una hija que canta en el disco y una familia que acompaña el trabajo. La extrañeza de mirar hacia atrás y reconocer que una vida entera —sus pérdidas, sus afectos, sus amistades rotas, sus canciones inmortales— cabe de pronto en una frase de guitarra.
La voz infantil y el tarareo de Gilmour producen algo que no se parece a la nostalgia. La nostalgia suele ser un cuarto cerrado, lleno de objetos que uno teme tocar. Aquí hay una ventana abierta. El pasado está presente, desde luego: Rick Wright toca en la canción que da título al álbum mediante una grabación recuperada de una vieja sesión; el nombre Pink Floyd proyecta su sombra inevitable; la guitarra sigue teniendo ese timbre que aprendimos a reconocer desde la primera nota. Pero Gilmour parece haber dejado de pedirle a la memoria que le devuelva lo que fue. La deja estar. La escucha. Luego continúa.
Esa es, quizá, la libertad más difícil de un artista que ha llegado a ser leyenda: dejar de pelear con la leyenda.
Me ocurre lo mismo con Robert Plant y Peter Gabriel. Los tres pertenecieron a bandas que no necesitan presentación y que, por razones distintas, alteraron para siempre el idioma del rock. Pink Floyd inventó una forma de grandiosidad melancólica y astral. Led Zeppelin convirtió el blues, el folk, la electricidad y el deseo en una tormenta de proporciones míticas. Genesis llevó la imaginación progresiva a un lugar donde las máscaras, los relatos imposibles y la arquitectura musical podían convivir con una canción pop.
Pero la grandeza colectiva también tiene sus cárceles. Un grupo legendario se vuelve un mandato: repetir la forma que el público ha aprendido a amar; conservar un tono; defender una herencia; responder cada noche a fantasmas que venden entradas. Después de todo eso, la carrera solista puede ser una fuga. No siempre resulta una fuga feliz. A veces es apenas el espacio donde un músico descubre qué queda de sí mismo cuando ya no están los otros, cuando se han apagado los decorados y nadie espera el gran himno.
Gilmour ha llegado a ese lugar con la serenidad de quien conoce sus propios límites y ya no tiene necesidad de disimularlos. En Luck and Strange hay técnica, por supuesto, y una guitarra que todavía puede abrir una herida en pocas notas. Pero hay también una renuncia deliberada a la exhibición. “Sings” no pretende demostrar que David Gilmour sigue siendo David Gilmour. Prefiere recordar algo más sencillo y más conmovedor: que la música sigue siendo capaz de cantar a través de él.
Robert Plant emprendió una travesía parecida hace mucho tiempo. Se apartó de la obligación de volver a ser el joven dios rubio que rugía en “Whole Lotta Love”. Su mejor obra solista tiene la elegancia de quien se negó a convertirse en monumento. Desde The Principle of Moments hasta Carry Fire, Plant ha ido siguiendo rutas improbables: ritmos africanos, folk inglés, paisajes árabes, blues de carretera, lamentos antiguos y canciones que parecen venir de una radio encendida en un lugar desconocido. No busca reconstruir Zeppelin; busca, todavía, sorprenderse.
Peter Gabriel, por su parte, hizo de la curiosidad una forma de madurez. Después de Genesis, descubrió que la sofisticación no estaba reñida con la emoción y que la tecnología podía servir a la piel, al pulso, a la duda. En sus discos hay una ambición estética enorme, aunque nunca se siente como una exhibición de inteligencia. Gabriel puede hablar de amor, violencia, pérdida o política sin abandonar la búsqueda de belleza. Su música conserva una cualidad infantil en el sentido más noble de la palabra: sigue mirando el mundo como si todavía fuera extraño.
Quizá los tres comprendieron una verdad que sus antiguas bandas no podían enseñarles del todo. La belleza no siempre necesita ser gigantesca. A veces está en un silencio bien dejado, en una voz que se mezcla con la de una hija, en una guitarra que demora la llegada de una nota porque sabe que aún no es tiempo de decirla.
Las leyendas suelen producir un ruido enorme. A nosotros, los oyentes, también nos gusta ese ruido: los solos que parecen incendios, las baterías que anuncian el fin del mundo, los escenarios que se vuelven una nación provisional. Pero llega un momento —en los músicos y también en quienes escuchamos— en que uno empieza a agradecer otra clase de grandeza.
La de David Gilmour en “Sings” es de esa especie. No conquista. No reclama. No compite con lo que ya fue. Se queda allí, humilde y luminosa, entre una voz infantil, un tarareo y los teclados suspendidos.
Gracia y extrañeza.
Quizá eso sea todo lo que queda después de una vida larga. Quizá sea, también, todo lo que importa.



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