Ahora y Zen
Anoche la pieza de Vero cambió de color cinco veces sin moverse un milímetro.
Con la luz verde que entraba desde el jardín, la franja azul de su esmalte parecía la cresta de una montaña vista después de la lluvia. Bajo el violeta, adquiría una gravedad más antigua: tierra quemada, mineral, una pared que hubiese estado allí antes de que alguien decidiera ponerle música a la sala. Cuando el azul del equipo se hizo más intenso, aquella misma franja fue una marea detenida a mitad de su viaje.
La pieza no pedía atención. Eso es parte de su autoridad. Tiene tres líneas verticales, una superficie de ocres trabajados y una zona azul que no representa nada con precisión, aunque uno podría pasar la noche intentando nombrarla: agua, neblina, ceniza, un cielo que ha aprendido a no confiar demasiado en sí mismo. Los bordes son perfectos por taoismo: El fuego y la mano dejaron constancia de que estuvieron ahí.
En algún punto de la noche sonó Now and Zen, de Robert Plant. Y pensé que aquella coincidencia tenía más sentido del que parecía.
No porque la pieza de Kallana Cerámica necesitara de un disco para explicarse. La cerámica no es una banda sonora de la casa ni una decoración de lujo para que los discos se sientan cultos. Está allí, por derecho propio, sosteniendo el espacio con esa serenidad difícil que tienen las cosas hechas con paciencia. Plant llegó después, como llegamos los demás: a ver qué podía decir ante ella.
Now and Zen apareció en 1988, cuando Robert Plant llevaba casi una década ensayando cómo seguir vivo después de Led Zeppelin. Es un disco extraño en su momento: quiere sonar contemporáneo, y por eso tiene todos los excesos de su tiempo —teclados, percusiones digitales, un brillo casi insolente—, pero también deja entrever a un hombre que ya sabe que no volverá a ser aquel muchacho que podía enfrentarse a un estadio con “Whole Lotta Love” y salir indemne.
Hasta el título carga con esa ambigüedad. Now and Zen juega con el “now and then” inglés: ahora y entonces, el presente y aquel pasado que se resiste a abandonar la habitación. Pero también invoca, con la sutileza que permite un cantante de rock inglés en plena década de los ochenta, una cierta aspiración a la calma. No necesariamente a alcanzarla. Bastaba con saber que existía.
La pieza de Vero parece entender mejor esa aspiración. No porque sea “zen”, palabra que hemos vuelto sospechosa a fuerza de spas, incienso barato y frases impresas sobre tazas. Lo suyo es más concreto: la tierra, el agua, el esmalte, el tiempo de secado, el azar controlado del horno. Nada en ella parece esforzarse por ser trascendente. Y, sin embargo, se queda en la mirada con una intensidad que rara vez consiguen los objetos empeñados en impresionar.
En “Ship of Fools”, Plant deja que la canción avance como si no tuviera apuro por llegar a ninguna parte. Hay una tristeza adulta en esa deriva, no la del adolescente que ha descubierto que el mundo es injusto, sino la de quien ha tenido tiempo de comprobar que incluso las grandes promesas pueden perder el rumbo. Al terminar, la música no concluye del todo: se retira, deja una estela, como ciertas conversaciones que siguen ocurriendo aunque nadie diga una palabra.
Miré de nuevo la cerámica. Sus incisiones verticales no eran compases ni una partitura, pero imponían un ritmo. La franja azul no era el equivalente visual de una guitarra procesada, ni hacía falta forzar una analogía de escuela de arte. Lo que compartían la pieza y esa canción era una manera de habitar el tiempo: no negándolo, no llenándolo de cosas para evitar escucharlo.
La diferencia importa. Plant hace un disco con el peso de su propia leyenda encima. Vero trabaja una pieza que no necesita defenderse de ninguna leyenda; apenas de la exigencia mucho más seria de estar bien hecha. Él mira hacia atrás, inevitablemente. Ella ha puesto en una superficie de barro una experiencia presente, irrepetible, que cambia con cada luz y cada hora de la noche.
Por eso el encuentro funciona.
Los discos que queremos de verdad no se limitan a sonar. Se acomodan a las habitaciones, discuten con los libros, envejecen con las personas, sobreviven a los equipos que creíamos definitivos. A veces encuentran una pieza de cerámica que los contradice suavemente. Entonces uno descubre que ha estado escuchando de manera demasiado cómoda.
Anoche, Now and Zen sonó en la sala. La pieza de Vero siguió ahí, con sus tres líneas, su borde imperfecto, en sentido taoista, y esa pequeña marea azul suspendida sobre la tierra. Plant buscaba una paz que quizá nunca encontró del todo. La vasija no parecía buscar nada. Y por eso, tal vez, la tenía.


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