La causa antes que el nombre

 


La Comisión Interamericana de Derechos Humanos hizo pública la lista corta de finalistas para la Relatoría Especial para la Libertad de Expresión y, por un instante, sentí que dos décadas de trabajo se comprimían en una sola línea.

Pero, pensándolo mejor, este texto no debería empezar ahí.

Hace veinte años jamás imaginé que algún día podría aspirar a dirigir la Relatoría para la Libertad de Expresión de las Américas. En realidad, durante mucho tiempo ni siquiera imaginé que existiría una institución capaz de decirle a un gobierno que estaba cruzando una línea. En aquellos años uno aprendía que el poder casi siempre hablaba más fuerte que las víctimas y que el periodismo debía abrirse paso en medio de demasiados silencios.

Por eso, antes que cualquier otra cosa, quiero agradecer a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos por haber conducido un proceso abierto, público y competitivo, y por considerar que mi trayectoria merece llegar hasta esta etapa. En una región donde tantas decisiones importantes siguen tomándose entre bastidores, que una responsabilidad de esta magnitud se dispute con reglas conocidas y escrutinio público ya constituye una afirmación de los valores que la propia Relatoría está llamada a proteger.

Pero el agradecimiento más profundo pertenece a otro lugar.

Pertenece a la sociedad civil de las Américas. A las organizaciones que sostienen causas cuando nadie las mira. A periodistas que siguieron investigando pese a las amenazas. A colegas que acompañaron batallas difíciles. A quienes entendieron que defender la libertad de expresión nunca ha sido una tarea individual.
Esta candidatura no nació en mi escritorio. Nació en ese tejido de confianza construido durante años. Si hoy mi nombre aparece en esa lista es porque muchas manos, muchas voces y muchas historias hicieron posible este camino. Presentarlo como un logro exclusivamente personal sería faltar a la verdad y, sobre todo, a la memoria.

Con el tiempo he descubierto que las causas importantes tienen una costumbre incómoda: terminan utilizándonos. Uno cree que un día decidió defender la libertad de expresión. Después comprende que fue exactamente al revés. Es ella la que termina organizando la vida. Decide dónde trabajas, qué batallas libras, qué enemigos haces, qué noches duermes mal y qué alegrías celebras.

Lo aprendí acompañando a periodistas perseguidos, a familias que buscaban justicia y a organizaciones sometidas a campañas de hostigamiento. También cuando intentaron cerrar Fundamedios. Nunca entendí aquellos episodios como medallas personales. Fueron recordatorios de que la causa siempre pesa más que quien la sostiene.

Por eso esta candidatura no nace del ego. Nace del servicio. No busco un cargo para coronar una trayectoria; acepté la posibilidad de asumir una responsabilidad porque creo que todavía hay mucho por hacer para que ningún periodista tenga que elegir entre informar y sobrevivir.

Si la Comisión finalmente me confía esa tarea, quisiera una Relatoría que llegue antes de que el daño sea irreversible. Que ayude a prevenir además de denunciar. Que escuche más de lo que habla. Que construya capacidades junto a quienes trabajan en el territorio. Que mire con especial atención a las mujeres periodistas, al Caribe, a Centroamérica y a la región andina, donde demasiadas veces las amenazas son menos visibles precisamente porque se han vuelto cotidianas.

También quisiera que mantuviera una convicción sencilla pero indispensable: la libertad de expresión no cambia de significado según quién gobierne. Debe medirse con la misma vara frente a cualquier poder. Esa coherencia es la única garantía de independencia.

Dentro de unas semanas la Comisión tomará una decisión. Será la correcta, cualquiera que sea.



Yo, mientras tanto, seguiré haciendo exactamente lo mismo que hacía antes de conocer esta noticia.
Porque las causas importantes no empiezan cuando uno recibe un cargo. Empiezan mucho antes. Y, con suerte, continúan mucho después de haberlo dejado.

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