El árbol de arupo: escuchar a un hijo florecer en dos movimientos




Uno cree que conoce la música que ha puesto en casa. Los discos que giraron durante años, las conversaciones sobre bajos, baterías, mezclas, portadas, conciertos imposibles, vinilos encontrados con la emoción de quien descubre una reliquia menor de una civilización ya desaparecida. Uno cree que todo eso queda en alguna parte, flotando como polvo de aguja sobre la memoria familiar, hasta que un día el hijo presenta su trabajo de fin de carrera y algo extraño ocurre: ya no está escuchando lo que uno le enseñó, sino lo que él hizo con todo aquello para decir otra cosa.

Ese fue mi primer estremecimiento al escuchar El Árbol de Arupo, el trabajo de graduación de Gabriel como productor musical en la Universidad San Francisco de Quito. Debo advertir lo obvio: escribo como padre, y ningún padre escucha limpiamente. El oído paterno viene con una ecualización sentimental de fábrica, con graves de orgullo, medios de ternura y agudos de preocupación. Pero también escribo como alguien que ha pasado media vida oyendo música con una devoción casi indecente, como coleccionista, como audiófilo, como ese señor que todavía cree que una buena línea de bajo puede ordenar por unos minutos el desastre del mundo.

Por eso intenté escuchar a Gabriel con dos oídos distintos. Con uno, el del padre, seguí la emoción de saber que ese muchacho reservado, introspectivo, tantas veces más elocuente con las manos sobre el instrumento que con discursos públicos, había construido una obra propia. Con el otro, el del oyente crítico, busqué estructura, atmósfera, lenguaje, decisiones, filiaciones, riesgos. No quería escribir una postal de graduación. Tampoco una reseña con bata de laboratorio. Quería entender qué árbol había sembrado allí.

La obra está dividida en dos piezas: “Uroboro”, de 6 minutos y 49 segundos, y “Saito”, de 6 minutos y 23 segundos. La duración importa. No estamos ante la ansiedad del single ni ante la obediencia dócil de la canción breve diseñada para el pulgar impaciente de las plataformas. Hay aquí una voluntad de forma larga, de desarrollo, de respiración. Gabriel no parece interesado en entregar un golpe inmediato, sino en abrir un territorio. Eso ya dice bastante sobre su sensibilidad: no busca solo gustar; busca construir un mundo.

“Uroboros” carga desde el título una imagen poderosa: la serpiente que se muerde la cola, el ciclo, el retorno, la música como círculo que se consume y se regenera. La pieza parece moverse bajo esa lógica: avanzar sin abandonar del todo lo que deja atrás. Hay algo progresivo en esa manera de desplegar capas, de permitir que una idea se transforme sin romper completamente con su origen. No hablo de progresivo como etiqueta de tienda de discos, con vitrinas llenas de portadas imposibles y solos interminables de teclados, sino como impulso: la música que no se conforma con repetirse, que necesita mutar.

Allí se asoman varias genealogías posibles. Hay una sombra del rock progresivo, sí, pero no como disfraz setentero ni como cita de manual. También se percibe una sensibilidad más contemporánea, cercana a ciertos paisajes del heavy progresivo y del post-rock, donde la emoción no entra por la melodía cantable sino por acumulación, textura y tensión. En algunos pasajes uno puede pensar en la arquitectura expansiva de Pink Floyd, en los fractales de King Crimson, en la gravedad atmosférica de Steven Wilson, en cierta melancolía instrumental que no necesita explicar demasiado porque prefiere dejar que el sonido piense por su cuenta. También hay, por debajo, una conciencia de bajo organiza más que acompañar.

Ese punto me parece central. Gabriel es bajista, y la obra no oculta esa identidad. El bajo no aparece como mueble de soporte ni como empleado discreto de la armonía. Tiene presencia de raíz. No necesariamente como exhibición virtuosa, sino como gravedad narrativa. El bajo aquí parece decir: la música puede elevarse, pero alguien debe recordar dónde está la tierra. En una época donde mucha producción musical se construye desde superficies brillantes, beats prefabricados y texturas de catálogo, esa insistencia en el cuerpo grave de la música tiene algo de resistencia. El bajo sostiene la casa, de ninguna forma es adorno.

“Saito”, la segunda pieza, cambia la temperatura. El visualizador muestra otra entrada, casi como si se abriera una habitación distinta dentro del mismo sueño. El título introduce una resonancia japonesa, o al menos una extrañeza oriental, no necesariamente literal. La música parece proponer otra clase de viaje: menos circular, quizá más narrativo; menos serpiente mordiéndose la cola, más personaje avanzando por un paisaje interior. Si “Uroboro” trabaja con la idea del ciclo, “Saito” parece avanzar hacia la figura, hacia la presencia, hacia una forma de aparición.

Aquí la obra gana en misterio. La imaginería visual —oscura, nocturna, a ratos casi infantil y espectral— acompaña bien esa sensación de cuento raro, de animación íntima, de mitología casera. No quiere ingresar al aeropuerto desinfectado de la estética corporativa. Tiene asperezas, zonas sombrías, pequeños fantasmas.

Las influencias que evoca El Árbol de Arupo no son una lista cerrada. Sería injusto reducirlo a “suena a esto” o “viene de aquello”. Más bien parece cruzar varias escuchas: el rock progresivo como paciencia estructural; el heavy metal como liberación de energías, el jazz-rock o la fusión como libertad instrumental; el post-rock como manejo de atmósferas; cierta electrónica ambiental en la forma de tratar el espacio; y, por supuesto, una educación melómana donde el bajo ha sido tratado no como accesorio sino como pensamiento rítmico. No sé cuánto de todo eso fue deliberado y cuánto llegó por ósmosis, por esas cosas que se filtran en una casa donde los discos no son decoración sino una forma de conversación.

El nombre general de la obra, El Árbol de Arupo, abre otra lectura. El arupo no es cualquier árbol. En Quito, cuando florece, no pide permiso: irrumpe con una belleza rosada, inesperada, casi insolente, en medio de la ciudad gris, del tráfico, de los cables, de los trámites, de los días repetidos. Un arupo florecido parece decir que la belleza todavía tiene derecho a aparecer sin llenar formularios. Pero hay un secreto en todo esto: un arupo que florece parcialmente está en nuestro jardín bajo la habitación de Gabriel, si él eligió ese árbol como imagen central, hay allí una pista emocional. Esta música no florece como ornamento alegre; florece desde una zona más oscura, más introspectiva, quizá más solitaria. No es primavera de postal. Es una floración interior.

Y entonces aparece la parte inevitable para mí: escuchar a un hijo crear su propio lenguaje. Hay padres que esperan que los hijos continúen una tradición familiar de manera obediente, como quien hereda una vajilla o un apellido. Yo prefiero pensar que lo mejor que puede hacer un hijo con lo que recibió es traicionarlo un poco. Tomar los discos, las conversaciones, las obsesiones, los bajos que sonaron en la casa, las tardes de escucha, las discusiones familiares sobre discos y pelis, y convertir todo eso en otra cosa. Algo suyo. Algo que ya no necesita pedir permiso al padre.

Eso es lo que más me conmueve de El Árbol de Arupo. No escucho a Gabriel tratando de complacerme. No escucho una música hecha para guiñarle el ojo al viejo melómano de la casa. Escucho a un joven productor probando una voz, midiendo sus sombras, organizando sus influencias, descubriendo que producir no es solo grabar bien ni tocar muchos instrumentos, sino decidir qué mundo sonoro merece existir.

Como toda obra joven, tiene zonas que seguramente crecerán. Podría ganar en contraste, en respiraciones más radicales, en silencios más decididos, en alguna poda de densidad cuando la emoción corre el riesgo de acumular demasiadas capas. Pero incluso esos posibles excesos son preferibles a la anemia. Aquí hay materia, hay carácter, hay una apuesta. Y la juventud, cuando tiene algo que decir, debe permitirse cierta desmesura. Ya habrá tiempo para el minimalismo elegante y las renuncias quirúrgicas. Primero hay que tener bosque.

Las universidades califican entregas y la música, cuando tiene suerte, deja rastros: El Árbol de Arupo deja uno: el de un muchacho que toma su instrumento, sus máquinas, sus escuchas, sus obsesiones y arma una travesía de trece minutos donde caben el ciclo y el personaje, la raíz y la sombra, el bajo y la flor.

Yo lo escuché como padre y como crítico. El padre salió derrotado, por supuesto: demasiado orgullo acumulado para sostener una imparcialidad decente. El crítico, más difícil de sobornar, tuvo que admitir algo parecido: aquí no hay solo una tesis universitaria. Hay una señal. Todavía joven, todavía en formación, todavía abriéndose paso entre influencias y decisiones propias. Pero señal al fin.

Y quizá eso sea lo más hermoso de ver florecer un arupo: uno no sabe exactamente cuándo empezó el milagro. Solo descubre, una mañana cualquiera, que el árbol ya estaba preparando su incendio en silencio.



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