Carta a mi padre

 

Querido Papá:

¿Qué nos diríamos si aún estuvieras aquí?

¿Crees que habríamos llegado a entendernos
sin juzgarnos,
herirnos
o alejarnos?

No lo sé.

Lo más probable
es que hablaríamos de mi madre.

O, para ser más precisos,
de la mente de mi madre.

Te contaría que se ha ido llenando de habitaciones
a las que ya no tenemos llave.

Que algunas mañanas abre una puerta
y todavía estamos todos allí:

tú,
ella,
nosotros,
la casa completa.

Y otras veces no.

Hay días en que los nombres
parecen haberse mudado.

Los busca.

Revuelve cajones invisibles.

Mira nuestras caras
como quien reconoce una canción
pero no recuerda el título.

Entonces pienso en ti.

No sé por qué.

Quizá porque tú conociste
la versión completa de esa mujer.

La que discutía contigo,
la que se reía,
la que se enfurecía,
la que podía pasar una tarde entera
poniendo orden en una casa
que nunca terminaba de estar en orden.

Yo conservo fragmentos.

Tú tuviste el original.

Aunque ahora sospecho
que nadie posee el original de nadie.

Ni siquiera tú de ella.

Ni ella de ti.

Mucho menos yo.

 

II

También hablaríamos de nosotros.

Supongo.

Aunque no inmediatamente.

Nunca fuimos buenos
para entrar por la puerta principal.

Habría que esperar un café,
alguna noticia absurda,
un silencio demasiado largo.

Tal vez entonces te preguntaría
por qué algunas veces fuiste tan duro.

Y tú, con todo derecho,
podrías preguntarme
por qué yo necesitaba enfrentarte.

No sé qué respondería.

A los veinte años
uno cree que alejarse del padre
es una manera de convertirse en uno mismo.

Después descubre
que ha pasado media vida
conversando con él en secreto.

Tú te fuiste demasiado pronto.

Yo tenía todavía demasiadas certezas.

Esa fue nuestra mala suerte.

Tú no alcanzaste a envejecer.

Yo no alcancé a dejar de tener razón.

 

III

Han pasado tantos años

que ya no quiero ajustar cuentas.

Las cuentas pertenecen a los vivos.

A ti quisiera preguntarte otras cosas.

Si tuviste miedo.

Si alguna vez te sentiste solo
sentado a nuestra mesa.

Si te pareció suficiente la vida.

Si hubo algo que quisiste decirme
y dejaste para después.

Ese después
que ninguno de los dos sabía
que no iba a llegar.

Quisiera también contarte algunas cosas.

No las importantes.

Esas terminan en currículos,
fotografías,
ceremonias,
papeles que alguien guarda
hasta que ya no sabe por qué los guarda.

Te hablaría de una canción.

De un disco que todavía suena bien.

De alguna comida que aprendí a preparar.

De mis hijos.

De esas pequeñas cosas
que uno comprende demasiado tarde
que eran las grandes.

Quizá ahí sí podríamos hablar.

Sin padre.

Sin hijo.

Dos hombres sentados frente a frente
después de haber perdido
la necesidad de vencerse.

IV 

Pero volveríamos a mi madre

Estoy seguro.

Te diría que a veces
una palabra se le queda detenida
en mitad del camino.

Que hay recuerdos que conserva
con una precisión inexplicable
mientras otros, mucho más recientes,
han desaparecido.

La memoria tiene sus propias lealtades.

No consulta a nadie.

No respeta cronologías.

Salva una tarde insignificante
y deja morir un rostro.

Y entonces aparece algo extraño.

A veces pienso
que quizá te está encontrando.

No de la manera en que nosotros
encontramos a los muertos.

No en una fotografía.

No en una fecha.

No en el nombre escrito
sobre una piedra.

Quizá te encuentra
en alguna habitación de su mente
que nosotros ya no podemos visitar.

Quiero creer que allí
todavía sabes quién es.

Que no le preguntas nada.

Que no intentas corregirla.

Que simplemente te sientas a su lado.

 

V

Yo me quedaré aquí un poco más

Guardando lo que pueda.

Su nombre.

El tuyo.

Algunas historias.

Una casa que ya no existe.

La voz de quienes fuimos.

Hasta que también a mí
se me empiecen a caer los nombres.

Entonces, Papá,

si en algún lugar
todavía reconoces mi manera de llegar tarde,

guárdame una silla.

No tenemos que resolver nada.

Podemos hablar de mi madre.

O escuchar un disco.

O quedarnos callados.

Tal vez eso era entendernos.

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