Querido Papá:
¿Qué nos diríamos si aún estuvieras aquí?
¿Crees que habríamos llegado a entendernos
sin juzgarnos,
herirnos
o alejarnos?
No lo sé.
Lo más probable
es que hablaríamos de mi madre.
O, para ser más precisos,
de la mente de mi madre.
Te contaría que se ha ido llenando de habitaciones
para las que ya no tenemos llave.
Algunas mañanas abre una puerta
y todavía estamos todos allí:
tú,
ella,
nosotros,
la casa completa.
Otras veces
los nombres se han mudado.
Los busca.
Revuelve cajones invisibles.
Mira nuestras caras
como quien reconoce una canción
pero ha olvidado el título.
Entonces pienso en ti.
Tú conociste otra versión de esa mujer.
La que discutía contigo,
se reía,
se enfurecía,
ponía orden en una casa
que nunca terminaba de estar en orden.
Yo conservo fragmentos.
Aunque ahora sospecho
que nadie conserva el original de nadie.
II
También hablaríamos de nosotros
Pero no inmediatamente.
Nunca fuimos buenos
para entrar por la puerta principal.
Primero el café.
Un cigarro entre tus dedos.
Alguna noticia.
Quizá un disco.
Only You.
O Raphael cantando
Yo soy aquel
desde algún lugar de la casa.
Después el silencio.
Y solo entonces
tal vez te preguntaría
por qué algunas veces fuiste tan duro.
Tú podrías preguntarme
por qué necesité enfrentarme a ti.
No sé qué respondería.
Tú no alcanzaste a envejecer.
Yo no alcancé
a dejar de tener razón.
III
Ya no quiero ajustar cuentas.
Las cuentas pertenecen a los vivos.
Quisiera preguntarte otras cosas.
Si tuviste miedo.
Si alguna vez te sentiste solo
sentado a nuestra mesa.
Si te pareció suficiente la vida.
Si hubo algo que quisiste decirme
y dejaste para después.
Ese después
que no llegó.
Yo también te contaría cosas.
No las importantes.
Te hablaría de un disco.
De mis hijos.
De un locro con queso.
De aquella carne frita
junto al estofado de sambo.
De cómo ciertos sabores
sobreviven mejor que nosotros.
Quizá dirías:
En casa de herrero, cuchillo de palo.
Nunca supe muy bien
qué querías resolver con esa frase.
Ahora me gusta
que siga sin resolver nada.
IV
Y volveríamos a mi madre.
Te diría que una palabra
se le queda a veces
a mitad del camino.
Que recuerda una tarde remota
y pierde lo ocurrido esta mañana.
La memoria tiene sus propias lealtades.
No respeta cronologías.
Salva una canción.
Un olor.
Una frase absurda.
Y deja caer un rostro.
A veces pienso
que quizá te está encontrando.
No en una fotografía.
No en una fecha.
No en tu nombre
sobre una piedra.
En alguna habitación de su mente
a la que nosotros ya no podemos entrar.
Quiero imaginarte allí.
No preguntándole quién eres.
No corrigiéndola.
Sentado a su lado.
Quizá suena Mrs. Vanderbilt.
Quizá no suena nada.
V
Yo me quedaré aquí
un poco más.
Guardando lo que pueda.
Su nombre.
El tuyo.
Un plato de locro.
Una canción de Raphael.
El humo sobre una taza de café.
La voz de quienes fuimos.
Hasta que también a mí
se me empiecen a caer los nombres.
Entonces, Papá,
si todavía reconoces
mi manera de llegar tarde,
guárdame una silla.
No tenemos que resolver nada.
Podemos hablar de mi madre.
Poner un disco.
Quedarnos callados.
Tal vez eso
era entendernos.


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