El poder ya no necesita decirte que te está vigilando
Todos conocemos la forma antigua del poder: el policía que toca la puerta de madrugada, el periódico clausurado, el periodista detenido, el libro retirado de las librerías, la llamada del ministro, el expediente judicial que alguien deja sobre el escritorio, sin decir nada, para que se entienda todo. El mensaje no admitía dudas: sabemos quién eres, sabemos lo que haces y podemos castigarte.
Hay otra forma, más refinada, que ya no se molesta en tocar la puerta. Le basta con que uno empiece a preguntarse si alguien está mirando.
Hace unos días, en un ensayo que Mark Lilla publicó en The New York Review of Books, en vísperas de que Harvard reúna en un libro los textos de Judith Shklar sobre el tema, me tropecé con una idea que no he podido sacudirme. Shklar la llamó “el liberalismo del miedo”, y lo admirable es su modestia. No promete la sociedad perfecta ni la vida buena. Se conforma con algo más elemental y, por eso mismo, más urgente: impedir la crueldad y evitar que la gente viva sometida al miedo del poder arbitrario. Lilla lo resume con una frase que vale la columna entera: buscar el bien supremo es un lujo reservado a quienes ya se libraron del mal supremo, que es el miedo político. De toda la fórmula, me quedo con el miedo.
Ningún régimen autoritario ha necesitado encarcelar a todos. Le alcanza con encarcelar a algunos, y del resto nos encargamos nosotros. Aprendemos qué no conviene decir, dónde no conviene estar, qué pregunta es mejor guardarse. El periodista abandona una investigación, la fuente deja de contestar el teléfono, el funcionario encuentra un motivo para no entregar el documento, el profesor se salta un capítulo, el ciudadano borra el comentario antes de publicarlo. Nadie los censuró, al menos no en ningún papel firmado. Aprendieron a tener miedo, que es otra cosa y funciona mejor.
He pasado buena parte de mi vida profesional viendo cómo se fabrica ese silencio. He visto a gobiernos insultar a periodistas desde los micrófonos oficiales, usar instituciones para acosar medios, abrir juicios, intentar cerrar organizaciones (la nuestra entre ellas), esconder información pública y repartir la publicidad estatal como quien reparte premios y castigos. Y he visto llegar algo peor: en varios territorios de las Américas ya no es el gobierno quien decide de qué puede informar un periodista, sino la banda que controla el barrio, el puerto o la ruta. Cambian los actores y los métodos, pero el efecto se repite: quien está amenazado empieza a sacar cuentas sobre lo que le costará hablar. Cuando esa contabilidad se instala por dentro, el censor puede irse a casa. Ya lo llevamos con nosotros.
Shklar describió ese mecanismo en un mundo de archivos de papel y teléfonos intervenidos con cables. Lo que no alcanzó a ver es que el poder iba a descubrir los datos.
Hoy una cámara puede reconocer un rostro en medio de una marcha, el teléfono que llevamos en el bolsillo sabe dónde dormimos anoche, y una base de datos puede reconstruir con quién hablamos, cruzar registros públicos y privados y encargarle a un algoritmo que nos clasifique según algún “nivel de riesgo” que nadie nos va a explicar. Muchas de estas herramientas tienen usos legítimos, y sería deshonesto negarlo: un Estado democrático las necesita para enfrentar al crimen organizado, buscar desaparecidos, desarmar redes de trata o prevenir un atentado. La dificultad empieza con la vieja pregunta de quién vigila al vigilante. Quién decide qué datos se recogen y por cuánto tiempo, quién lo autoriza, si la persona vigilada llegará alguna vez a saberlo, ante qué juez independiente podría reclamar, qué control ejerce la Asamblea y qué pasa con toda esa información cuando la emergencia que la justificó ya terminó. Son las preguntas de siempre sobre el poder, aplicadas ahora a máquinas que no se cansan.
En países como el nuestro esas preguntas pesan más, porque la necesidad de seguridad es real (nadie que viva hoy en Ecuador puede tomarla a la ligera) y convive con instituciones frágiles, corrupción, mafias capaces de infiltrar al Estado y gobiernos que nunca han sido inmunes a la tentación autoritaria. La trampa está en el falso dilema entre seguridad y libertad. Precisamente porque necesitamos un Estado capaz de pelear contra organizaciones criminales poderosas, necesitamos instituciones que impidan que las herramientas compradas para perseguir delincuentes terminen apuntando a periodistas, opositores, defensores de derechos humanos o simples ciudadanos incómodos.
El autoritarismo clásico necesitaba exhibir al menos una parte de su violencia, porque el castigo tenía algo de lección pública: mira lo que le pasó a ese, no se te ocurra hacer lo mismo. El de ahora puede ahorrarse la lección. Ni siquiera necesita que yo sepa que me vigila; le basta con que no sepa si me vigila. Si quedó grabada la llamada, si alguien puede reconstruir mis contactos, si mi nombre aparece en alguna lista, si un sistema me puso una etiqueta que desconozco. Esa duda trabaja sola, con una eficacia que ningún comisario de otra época habría soñado, porque la vigilancia cambia nuestra conducta aunque nunca podamos probar que existe. Empezamos a anticiparnos, a medir cada frase, a evitar ciertas reuniones, a callar por si acaso. El control se ha mudado de lo que hicimos a lo que podríamos llegar a hacer.
Quizá haga falta, entonces, actualizar lo que entendemos por censura. La primera generación es la que todos reconocen: el cierre, la prohibición, el decomiso, la cárcel, el asesinato. Después aprendimos a nombrar formas más oblicuas, como las leyes de comunicación hechas a la medida, la publicidad oficial usada como látigo, las demandas millonarias, los organismos de control, la estigmatización y la asfixia económica. Lo que viene ahora no reemplaza a todo eso, lo absorbe. Crimen organizado, vigilancia digital, campañas coordinadas de acoso, juicios, precariedad, desinformación, perfilamiento, plataformas y algoritmos opacos se van ensamblando en algo que ya no tiene la forma de un censor con nombre y cargo, sino la de una arquitectura. Su obra maestra es la nota que nunca llegó a escribirse. Ese silencio no deja expediente, no produce la foto del periodista esposado, no genera una sentencia apelable ni un caso que una organización como la nuestra pueda documentar. Deja, como mucho, una historia que nunca conoceremos porque alguien calculó, con razón, que contarla le salía demasiado cara.
Por eso he vuelto estos días a Shklar. Tal vez una democracia empieza a pudrirse mucho antes de que suspendan las elecciones, el día en que los ciudadanos aprenden a temer el ejercicio de los derechos que todavía tienen. La tecnología no inventó ese miedo, pero puede volverlo más eficiente: convertir la vigilancia artesanal en industrial, la lista de sospechosos en una base de datos, la escucha telefónica en el rastreo de millones de mensajes, el olfato del policía en un puntaje algorítmico. Y puede hacer algo todavía más inquietante, que es volver invisible el camino por el que el poder llega hasta nosotros. Por eso la discusión sobre inteligencia artificial y vigilancia no debería agotarse en qué tecnologías autorizamos. La pregunta de fondo sigue siendo política, y muy antigua: cuánto poder estamos dispuestos a dejar que alguien ejerza sobre otra persona sin que esa persona pueda saberlo, entenderlo, discutirlo o defenderse.
Shklar sabía de qué hablaba. Nació en Riga en 1928, y siendo niña huyó con su familia judía a Suecia y luego atravesó la Unión Soviética en el Transiberiano para llegar a América por Japón. Murió en 1992. No conoció las redes sociales, ni el teléfono que nos sigue a todas partes, ni el reconocimiento facial, ni las máquinas que hoy escriben con nuestra voz. Pero entendió algo que los dueños de esas tecnologías parecen haber aprendido muy bien: el castigo más rentable es el que uno se imagina antes de actuar. Cuando eso ocurre, nadie tiene que ordenarnos silencio. Bajamos la voz solos, y encima lo llamamos prudencia.
Fuente: Mark Lilla, “From Fear Set Free”, The New York Review of Books (NYR Online), 29 de septiembre de 2026. https://www.nybooks.com/online/2026/09/29/from-fear-set-free-judith-shklar/



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