El derecho a pensar por nosotros mismos
Confieso que tengo una relación contradictoria con la inteligencia artificial: la utilizo mucho. Me maravilla algunas veces y me irrita otras. Me permite encontrar conexiones que no había visto, ordenar materiales, explorar caminos y discutir ideas.
En ocasiones funciona como ese interlocutor disponible a horas indecentes al que uno puede preguntarle por Tocqueville, Miles Davis o una receta de cocina sin temor a que termine bloqueándolo en WhatsApp.
Pero hay algo que empieza a inquietarme: No es que las máquinas puedan pensar cada vez mejor, es que nosotros podamos empezar a pensar cada vez menos.
La escritora británica Katherine Rundell acaba de publicar en The Guardian un ensayo provocador sobre inteligencia artificial, educación y democracia. Su título no deja demasiado espacio para las sutilezas: I hate what AI is doing to the minds and happiness of the young.
Rundell escribe literatura infantil y enseña en Oxford. Observa, por tanto, algo que quienes discutimos sobre algoritmos, regulación y derechos digitales podemos perder de vista: qué ocurre en la cabeza de alguien cuando descubre que existe una máquina capaz de evitarle el esfuerzo de aprender.
Su preocupación no es simplemente que los estudiantes hagan trampa, s mucho más interesante: nos recuerda que escribir un ensayo nunca tuvo como finalidad producir un ensayo. El texto terminado es casi lo de menos. Lo importante ocurre durante el camino.
Leer. No entender. Volver atrás. Encontrar una idea. Descartarla. Escribir una frase espantosa. Borrarla. Encontrar otra mejor. Descubrir a mitad de página que aquello que creíamos pensar no era exactamente lo que pensábamos.
Hay una magnífica observación de Rundell: escribir no consiste solamente en transcribir pensamientos que ya existen; escribir es una manera de producirlos.
Cualquiera que haya pasado una madrugada peleándose con una columna conoce esa experiencia. Uno comienza creyendo que sabe lo que quiere decir, dos horas después descubre que no tenía la menor idea y cuatro horas después, con suerte, empieza a entenderlo.
La inteligencia artificial ofrece una tentación formidable: saltarnos esas cuatro horas.
El autobús a Balham
Rundell utiliza una imagen deliciosa. Imaginemos que queremos entrenarnos corriendo unos kilómetros entre dos barrios de Londres. Podemos hacer el recorrido corriendo o tomar el autobús. El autobús llegará primero. El problema es que llegar nunca fue el objetivo. El objetivo era correr.
Con el pensamiento ocurre algo parecido. Durante siglos inventamos instrumentos para llegar más rápido al conocimiento. La imprenta. Las bibliotecas. Las enciclopedias. Google. Wikipedia. La IA introduce una diferencia interesante; ya no solamente nos ayuda a encontrar información, puede realizar una parte creciente del recorrido intelectual por nosotros. Puede resumir el libro que no leímos. Comparar las ideas que no estudiamos. Construir el argumento que todavía no elaboramos. Incluso escribir la conclusión a la que nunca llegamos.
Todo eso es extraordinariamente útil y precisamente por eso debemos preguntarnos qué músculo dejamos de ejercitar cuando tomamos siempre el autobús.
La infraestructura invisible de la democracia
Aquí el ensayo de Rundell abandona el aula y entra en un territorio que me interesa especialmente.
La democracia necesita instituciones, elecciones. jueces independientes, prensa libre, acceso a la información, universidades, bibliotecas, sociedad civil.
Durante años hemos defendido esas instituciones como parte de la infraestructura que permite funcionar a una sociedad abierta; pero quizás exista otra infraestructura democrática de la que hablamos mucho menos porque no podemos verla. Está dentro de nosotros.
Es la capacidad de prestar atención, de sostener una duda. De distinguir un argumento de una consigna. De leer algo con lo que estamos profundamente en desacuerdo sin cerrar inmediatamente la página. De cambiar de opinión. De reconocer que desconocemos algo. De soportar incluso esa experiencia cada vez más exótica de no tener inmediatamente una respuesta.
Podríamos llamarla autonomía intelectual y sin ella todas las demás instituciones democráticas empiezan a perder sentido. ¿Para qué queremos acceso ilimitado a información si perdemos la capacidad de discriminarla? ¿Para qué queremos millones de voces disponibles si un algoritmo decide cuáles escuchamos? ¿Para qué queremos libertad para expresarnos si terminamos repitiendo argumentos que alguien —o algo— elaboró por nosotros?
La libertad de expresión protege el espacio en el que pensamos juntos, pero una democracia necesita también ciudadanos capaces de pensar por sí mismos.
Una tecnología formidable
Hay un peligro, sin embargo, en llevar demasiado lejos el argumento de Rundell.
Cada nueva tecnología ha provocado alguna versión del apocalipsis intelectual.
Sócrates desconfiaba de la escritura porque temía que debilitara la memoria. La imprenta fue acusada de propagar tonterías. La televisión iba a embrutecernos. Internet iba a destruir nuestra capacidad de concentración. Y aquí seguimos (más o menos).
Por eso no creo que la respuesta sea convertir a la inteligencia artificial en el nuevo demonio tecnológico. Sería absurdo.
Rundell misma reconoce que puede revolucionar la medicina, ampliar el acceso a la justicia, ayudar a personas con discapacidad, comprender cantidades gigantescas de información y mejorar sistemas de alerta ante desastres.
La pregunta interesante no es si debemos utilizarla; la utilizaremos. La pregunta es para qué. Hay una diferencia enorme entre utilizar una máquina para ampliar nuestra inteligencia y utilizarla para evitar el esfuerzo de ejercerla. Entre pedirle que nos ayude a encontrar caminos y pedirle que camine por nosotros. Entre conversar con ella y entregarle nuestras conclusiones.
El placer de lo difícil
Hay además algo que Rundell reivindica y que me parece particularmente importante: la dificultad. Nuestra época siente una cierta aversión hacia ella. Todo debe ser más rápido. Más sencillo. Más intuitivo. Más eficiente. Hasta aprender.
Pero algunas de las mejores cosas de la vida son maravillosamente ineficientes. Leer una novela de quinientas páginas cuando podríamos conocer el argumento en tres minutos. Escuchar un disco completo cuando Spotify puede entregarnos inmediatamente la canción más popular. Cocinar durante tres horas algo que podríamos pedir por una aplicación en treinta minutos. Caminar. Conversar. Aprender un idioma. Escribir. Pensar.
Hay actividades cuyo valor está precisamente en el tiempo que nos obligan a entregarles, quizás porque durante ese tiempo no solamente hacemos algo. Algo nos ocurre.
Un buen libro no es únicamente información que incorporamos, es una experiencia que nos modifica. Y probablemente allí esté la diferencia más importante entre conocimiento y sabiduría: Una máquina puede ayudarnos extraordinariamente con el primero. No estoy seguro de que exista ningún atajo para la segunda. No tomar siempre el autobús
Por eso pienso que la discusión sobre inteligencia artificial debería abandonar por momentos la obsesión con una pregunta que escuchamos todos los días:
¿Qué podrá hacer la IA? Seguramente muchísimo.
Hay otra pregunta que me parece más urgente: ¿Qué queremos seguir haciendo nosotros? Quiero seguir leyendo libros difíciles. Quiero seguir escribiendo frases malas antes de encontrar alguna buena. Quiero seguir cambiando de opinión. Quiero seguir descubriendo cosas que no estaba buscando. Quiero seguir escuchando discos completos. Quiero seguir perdiendo el tiempo.
Y quiero seguir experimentando esa pequeña incomodidad que aparece cuando alguien me hace una pregunta y tengo que responder: No lo sé.
Quizás después pueda preguntárselo a una inteligencia artificial pero primero quiero concederme unos minutos para pensarlo.
Leer el ensayo de Katherine Rundell en The Guardian

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