Kadavar & Elder: heredar la noche, esquivar el cliché
Hoy llegó un disco a mi vida que me cambio la perspectiva. Sincronías magníficas: ayer con mi terapeuta hablábamos de los tres sistemas neuronales que controlan nuestros cuerpos y del papel del color en los procesos mentales. Hoy apareció de la nada un disco en blanco y negro, pero que a medida que se escucha adquiere color. Hablo, como no de ELDOVAR: A Story of Darkness & Light álbum que fue publicado el 3 de diciembre de 2021, reúne 7 temas y tiene una duración de 44 minutos. Editado por Robotor Records y presentado por sus autores como una obra nacida de la libertad musical del encierro pandémico.
En estos años de arqueología rockera de boutique, de bandas que desentierran los años setenta como quien exhibe una vajilla heredada, uno aprende a desconfiar. El progresivo, la psicodelia, el hard rock expansivo: todo eso produce todavía discos hermosos, sí, pero también mucho simulacro. Mucha barba con vocación de catálogo. Mucho pedal vintage usado como certificado de nobleza. Mucha música que quiere sonar antigua porque confunde profundidad con pátina.
Eldovar evita ese pecado. Lo esquiva con una elegancia poco frecuente.
No estamos ante un álbum que cite a Genesis o Pink Floyd para ganar respetabilidad de coleccionista, ni ante otro ejercicio de ventriloquia lisérgica para oyentes que confunden la reverencia con el criterio. Lo que hay aquí es otra cosa: una obra que recupera una convicción vieja, y por eso mismo hoy parece nueva. La convicción de que el rock puede ser ambicioso sin ser pomposo, complejo sin volverse académico, físico sin renunciar a la inteligencia. En otras palabras: que todavía puede pensar en grande sin disfrazarse de su propio pasado.
Eso se siente desde “From Deep Within” que no es una canción de entrada, sino una ceremonia de ingreso. La música no irrumpe; se extiende. Como si alguien hubiera levantado lentamente una cortina muy pesada y detrás no hubiera escenario, sino intemperie. Ahí ya aparece una de las grandes virtudes del álbum: su capacidad para crear espacio. Espacio sonoro, sí, pero también mental. Eldovar no corre detrás de uno. Le da tiempo al oído para acomodarse, para respirar, para dejar que el tema haga su trabajo de infiltración.
Y luego viene lo mejor: el disco no se enamora de su propia atmósfera. No cae en esa trampa tan contemporánea del viaje interminable que se celebra a sí mismo mientras no llega a ninguna parte. Aquí hay deriva, claro. Hay neblina, hay expansión, hay guitarras que saben flotar sin perder densidad. Pero también hay dirección. Hay decisiones. Hay arquitectura. Elder aporta esa inteligencia estructural, esa manera de hacer que una pieza larga no sea un capricho sino una forma de pensamiento. Kadavar pone el pulso más terrenal, más carnal, más sucio en el buen sentido: el nervio que impide que la música se convierta en puro vapor prestigioso. El resultado no es una suma de estilos, sino una tercera criatura con su propio sistema nervioso.
Por eso “El Matador” cae tan bien en el centro del recorrido. Porque recuerda que este disco no quiere ser solo una contemplación cósmica para melómanos de lámpara baja. También quiere morder. También quiere tensar el cuerpo. También sabe que el rock, incluso cuando mira las estrellas, necesita conservar algo de calle, algo de polvo, algo de electricidad animal. Y más adelante “Blood Moon Night” confirma la apuesta: ahí el álbum alcanza una de esas zonas donde la forma larga deja de ser formato y se convierte en experiencia. No parece una canción alargada. Parece una travesía que justifica cada curva.
Lo admirable es que en ningún momento la destreza técnica se vuelve exhibición. Hay virtuosismo, sin duda, pero no del tipo que pide aplausos entre compases. No estamos frente a músicos empeñados en recordarnos cuánto estudiaron sus discos de cabecera o cuántas escalas pueden tocar sin despeinarse. Lo que hay es una pericia más difícil: la que sabe integrarse al clima general, la que no rompe el hechizo para presumir herramientas. Ese es un arte escaso. El del músico que sabe tocar mucho sin obligarte a pensar en cuánto toca.
Quizá por eso el disco deja una impresión tan extraña y tan grata: suena libre. Y la libertad, en el rock, casi siempre ha sido más convincente que la pureza. Los mejores discos de los setenta no importan por sus rasgos externos —la duración de los temas, el Mellotron, la portada cósmica, el solo en fase lunar— sino por algo más profundo: porque creían que una canción podía expandirse hasta encontrar su forma verdadera. Eldovar recoge precisamente esa herencia, no la más superficial, sino la más difícil. No hereda el vestuario. Hereda la ambición.
Hay, por supuesto, pequeñas zonas donde el disco privilegia tanto la atmósfera que no todas las huellas quedan grabadas con la misma intensidad. No cada tramo deja cicatriz. No cada motivo regresa como regresa una gran melodía en la memoria afectiva. Pero incluso esa leve irregularidad juega a su favor: habla de un álbum más interesado en la experiencia total que en la colección de miniaturas perfectas. No quiere seducir por fragmentos. Quiere construir un estado.
Y eso, hoy, ya es bastante.
Porque vivimos rodeados de música que entra bien y sale rápido. Música eficaz, calculada, administrada como contenido. Música que no incomoda, no exige, no pide ninguna rendición del tiempo. Frente a eso, Eldovar resulta casi una insolencia. Pide atención. Pide paciencia. Pide escucha de cuerpo entero. No se deja reducir a fondo sonoro para revisar mensajes ni a banda sonora de algoritmo melómano. Exige una forma antigua de cortesía: sentarse y quedarse.
Quizá por eso me gusta tanto. Porque no suena a homenaje, sino a continuidad. Porque no se arrodilla ante los setenta: conversa con ellos. Porque no se disfraza de una época mejor para ocultar la anemia de esta, sino que rescata una posibilidad que aún nos pertenece. La de un rock que puede ser musculoso y contemplativo, refinado y encendido, mental y físico, oscuro y luminoso sin pedir perdón por ninguna de sus contradicciones.
Heredar la noche, al final, no consiste en repetir sus sombras. Consiste en encontrar una luz propia adentro de ellas.


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