El gran Maca y el pequeño César

 

La primera vez que fui DJ no hubo audífonos, mezcladora, luces estroboscópicas ni esa solemne tontería contemporánea de levantar una mano al cielo mientras la otra finge descubrir el fuego. Había, si la memoria no me embellece demasiado la escena, un pequeño tocadiscos Grundig familiar, un sencillo de siete pulgadas y una sala llena de adultos que bailaban con esa felicidad un poco desordenada de las fiestas de antes, cuando nadie necesitaba registrar cada brindis para demostrar que había estado vivo.

El disco era “Mrs. Vanderbilt”. El grupo, Wings. Y el hombre detrás de esa canción —aunque yo todavía no lo entendiera del todo— era Paul McCartney, Maca, el Beatle que para mí no entró primero por la puerta monumental de la historia, sino por una puerta doméstica, bailable, casi tropical, puesta en movimiento por mis padres y sus amigos. Mientras ellos bailaban, yo aprendía a manejar el tocadiscos con la seriedad de quien manipula una nave espacial: levantar el brazo, buscar el surco, bajar la aguja, esperar ese pequeño milagro eléctrico en el que la música deja de ser objeto y empieza a ocupar la habitación.

Por eso mi McCartney no fue inicialmente el de los documentales, ni el de las fotos en blanco y negro con Lennon, ni el del bajo Höfner convertido en reliquia sagrada del siglo XX. Mi McCartney fue primero el de Wings: un hombre que, después de haber estado en la banda más importante del planeta, decidió subirse a una combi, llevar a su mujer, a sus hijas, a unos músicos todavía sin blindaje mitológico y tocar en universidades como si pudiera empezar de nuevo. Hay algo profundamente conmovedor en esa imagen. También algo levemente absurdo, por supuesto. Pero lo absurdo, cuando se hace con amor y con canciones, suele ser una forma superior de la inteligencia.

Acabo de terminar el libro sobre esa etapa y me queda la sensación de haber leído no tanto la biografía de una banda, sino el expediente íntimo de una reconstrucción. Wings no fue solo el proyecto posterior a The Beatles; fue el laboratorio donde McCartney ensayó una segunda vida. La crítica de entonces, siempre tan elegante cuando se equivoca, quiso ver allí una decadencia, un capricho conyugal, una excursión menor del genio pop. Pero el tiempo, que suele tener mejor oído que los críticos apurados, terminó poniendo las cosas en otro lugar. Wings fue una banda real, con discos irregulares y canciones inmortales, con giras, peleas, ternura, carretera, hijas durmiendo entre camerinos y Linda ocupando un espacio que muchos nunca le perdonaron porque hay gente que acepta mejor la genialidad masculina cuando viene escoltada por tragedia, no por familia.

El libro revela, o confirma, a un McCartney menos preocupado por custodiar su estatua que por seguir tocando. Esa gira fundacional en una combi por universidades británicas tiene algo de gesto punk antes del punk, pero sin necesidad de escupirle a nadie. Era el hombre que venía de Abbey Road probándose otra vez en escenarios pequeños, casi como si quisiera comprobar si la música aún podía sostenerlo sin el aparato monumental de la beatlemanía. Y podía. Claro que podía.

También está la anécdota con Yoko, contada por Sean Lennon, durante las negociaciones de Anthology: “somos hippies, no nos vamos a pelear por dinero”. La frase parece una broma, pero contiene una ética. McCartney, acusado tantas veces de calculador, aparece allí como alguien que todavía conserva una idea sentimental, quizá ingenua, quizá necesaria, de lo que significó aquella aventura. No se trata de canonizarlo. Los santos suelen hacer discos aburridos. Se trata de mirarlo con justicia: detrás del melodista perfecto había un hombre que insistía en armar comunidad, incluso cuando esa comunidad era improbable, discutida o directamente incómoda.

Y luego está Rockshow, ese concierto maravilloso donde McCartney hace algo que los líderes inseguros rara vez hacen: repartir la luz. No convierte a Wings en una comparsa de lujo para su propia gloria. Deja que la formación clásica respire, que cada miembro tenga su momento, que la banda parezca, precisamente, una banda. En tiempos donde tantos artistas confunden escenario con espejo, esa generosidad tiene un valor casi político.

Mi segundo hito fue McCartney II. “Coming Up” me rompió el cerebro con una alegría difícil de explicar. Sonaba descuidado, como hecho en una habitación donde alguien había dejado cables, sintetizadores, ocurrencias, café frío y una confianza infantil en el accidente. Pero al mismo tiempo estaba profundamente producido. Esa contradicción me fascinaba: la música parecía despeinada, pero cada pelo estaba en su lugar. Ahí entendí, aunque no hubiera podido decirlo así, que McCartney no era solo un fabricante de melodías perfectas, sino un tipo capaz de jugar con el estudio como quien vuelve a entrar en una juguetería después de haber inventado buena parte de los juguetes.

Muchos años después lo vi en Quito, en el Estadio de Liga, bajo una lluvia persistente, de esas que no caen: se quedan. Lluvia con vocación de páramo, lluvia quiteña, lluvia que convierte cualquier concierto en una prueba de fe. Allí estaba Maca, el muchacho de Liverpool convertido en anciano luminoso, cantando para varias generaciones empapadas. Y yo, que había empezado poniéndole “Mrs. Vanderbilt” a los amigos de mis padres, estaba ahora del otro lado de la historia, viendo al hombre que había atravesado mi vida sin pedir permiso, como hacen las canciones importantes.

Su nuevo álbum vuelve a confirmar algo que parece sencillo, pero no lo es: McCartney sigue escribiendo desde la gratitud, no desde el museo. Puede mirar hacia Liverpool, hacia la infancia, hacia sus muertos queridos, hacia sus bandas pasadas, sin quedar atrapado en la vitrina. Esa es quizá su mayor rareza. Otros envejecen administrando la leyenda. Maca envejece tarareando.

Y tal vez por eso seguimos escuchándolo. Porque en él la música nunca perdió del todo su condición doméstica. Puede venir de estadios, de estudios míticos, de archivos legendarios, de libros cuidadosamente editados, pero al final siempre vuelve a lo mismo: una aguja que baja, una canción que empieza, unos adultos que bailan, un niño que aprende a manejar el tocadiscos y descubre, sin saberlo, que la felicidad también puede girar a 45 revoluciones por minuto.

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